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índice
escritosdeAmor
1.
Adiós, de Daniel Garcés
Roldán.
2. Cuando
hablaron los tiempos finales, de Josemaría
Garzón Ríos.
2. Sentidos, de Daniel
Garcés Roldán.
3. Amores fugaces,
de Daniel Garcés Roldán.
4. Belleza, de
Daniel Garcés Roldán.
| 1.
Adiós, de
Daniel Garcés Roldán. |
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Hacía solo
unas horas que su padre se había ido,
agotado de tanto pésame se separó
del velatorio y se sentó en un sillón.
De repente le sorprendió ese olor tan
familiar a tabaco, hogar y loción de
afeitado.
- ¿Estas ahí?- preguntó
a la presencia que se sentaba a su lado.
- Sí.
- ¿Cómo ocurrió? No consigo
recordar nada.
- Te refieres a...
- Si
- Salias de la librería, ojeando el
libro que te recomendé...
- Si, recuerdo “dejar de fumar al instante”
- ...una furgoneta, no te vió cruzar
y...
- Tiene gracia
- ¿Qué?
- Funcionó, el jodido libro funcionó.
Los del velatorio se extrañaron mucho
al verlo llorar de risa solo, sentado en aquel
sillón vacío y él escuchó,
por última vez, aquellas profundas carcajadas.
| 2.
Sentidos, de Daniel
Garcés Roldán. |
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Tengo, parece ser, tan
desarrollado el sentido del amor, que en ocasiones,
alguna mujer, en la calle o en el metro, acaso
comprando el pan o unas aspirinas, despierta
en mi todo un ciclo, un hervir de emociones
concatenadas e ineludibles, la primera, siempre
viene la curiosidad, intento de mirada discreta,
conocerla, desentrañar su secreto, saber
qué hay tras esa sonrisa, tras esa mirada
triste, qué piensa aburrida mientras
mira la ventanilla o se mordisquea una uña.
Después, cuando creo comprender algo
o sigo atraído por el misterio viene
profundo el amor, digo bien, el amor, fluye
espeso y telúrico hasta que parece adueñarse
del vagón o de la tienda, en ese punto,
caminaría un paso y la besaría,
seríamos felices en este amor indubitable
pues es sin palabras que lo enreden y perfecto
de puro irreal, disfrutaríamos ambos
de este amor eterno durante uno o dos minutos
antes de volver a la engrasada rueda de nuestra
vida y olvidar. Luego se marcha, o me marcho
yo, y aunque sé que en unos minutos
habré olvidado su rostro y nunca la
volveré a ver, o que si la veo ya no
será ella, aún así la
aflicción que me encoge es muy cercana
al desamor, a esa angustia que te seca el aire
y te hace extraño de tu alrededor, afortunadamente
ya he aprendido a sumergirme en las caras desconocidas
y al poco rato logro el dulce olvido de la
desindividuación urbana, si ya no soy
yo, ni amo ni siento. Son éstos, amores
fugaces, evanescentes, totales y absurdos,
imposibles y perfectos, pero nada puedo ni
quiero hacer para remediarlos, hay quien tiene
buena vista, o un oído infalible, yo
simplemente, amo mucho.
| 3.
Amores fugaces en el metro,
de Daniel Garcés Roldán. |
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Para ¿una/la
chica del vagón/ti?
Una sonrisa casual
rodó por el suelo del vagón cuando
éste frenó, capturando ¿sus/unos/mis?
miradas y pensamientos en su giro.
Con un parpadeo
las puertas se cerraron, 1 minuto y 27 segundos
de sueño ¿Sueños?
¿Le digo algo? No, esta es mi parada.
Así ¿él/un/otro?
amor eterno silbó y se marchó
vibrando sobre dos cintas de acero.
4.
Belleza, de
Daniel Garcés Roldán.
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Cansada, la belleza se
desprendió de sus letras, volando frágil
como una bolsa antes de la tormenta. Rodó
limpia por los rincones más sucios,
su tenue pequeñez se dilató hasta
cubrirlo todo, cansada del mundo anidó
en nuestros ojos, cuando fuimos niños
¿Sigue ahí?
Cuando hablaron los tiempos
finales,
de Josemaría Garzón.
Un cuento del libro Los Cuentos
del Maestro, en esta web. |
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Y llegaron los tiempos finales. Resonará
el aviso ronco de la tuba del Amor, y se propagará
por todos los rincones de la Tierra. Será
una resonancia tan pura que hasta las ballenas
de los fondos abismales comprenderán
lo mismo: “Llegaron los tiempos finales”.
Entonces, el Amor ordenará lo siguiente:
–Corre, cántale a los humanos
con los amores del mundo que ya llegaron los
tiempos finales. Que quien no oiga pasará
de largo e irá en busca de otros tiempos
finales, donde habitarán otras ballenas
bajo otros mares. Sí, ballenas de otros
tiempos y otro color. Cántale con amores
del mundo que quien escuche pasará la
puerta y descubrirá, por fin, el Cielo,
pero no arriba, sino en la mismísima
Tierra.
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