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12.
Meditación II. Motivación.

Ya
estoy aquí de nuevo.
He tardado un poco porque también
he saludado al nogal que está
en la curva de la carretera.
Ya es mayor y él sólo
quería que me sentara
a su lado para hacerle compañía.
Como
estaba diciendo… creo
que mi vida ha tenido muchos
un antes y un después.
Uno de ellos fue cuando comencé
a practicar la meditación.
Fue una herramienta que me liberó
y, yo diría que hasta
me salvó de un pozo cenagoso
y oscuro; una poderosa técnica
que cuando comencé a
practicarla por casualidad,
bueno por casualidad no; más
bien, por necesidad se reveló
como lo más grande que
hasta ese momento había
vivido. Fue allá por
el 87. Recuerdo que aquel año
fue la primera que vez que trabajaba
como profesor en un colegio
específico de niñas
sordas. A mi me tocó
el aula especial. Allí
entró un novato cuyas
alumnas mayores fueron en realidad
las que me enseñaron
durante varios meses el lenguaje
de la mímica para que
me pudiera entender con ellas.
Fue el año de la película
Hijos de un Dios Menor. (Acabo
de caer en la sincronicidad).
Un
día, a la hora del recreo,
la directora hizo un comentario
que no entendí del todo
hasta por la tarde. Lo hizo
en un corrillo formado en el
pasillo:
- Aquí la salud mental
de los profesores comienza a
evidenciar signos de desequilibrio
a partir de los seis años
de estancia en el centro.
No sé si aquella afirmación
tenía suficiente base
para tomársela en serio,
pero la entendí cuando
al cabo de varios días
observé en mí
cómo me temblaban las
manos hasta cinco o seis horas
después de dejar de trabajar
cada jornada. Consideré
que se trataba de un estado
de nervios pasajero como consecuencia
de mi inexperiencia, pero el
temblequeo aumentaba sin remisión
posible.
Me obsesionaron tanto la frase
de la directora y el estado
de nervios, que pedí
ayuda –supongo que a las
alturas- o al Dios en el que
creía por aquella época
–tan diferente al que
creo ahora-.
Creo
que era martes cuando mi padre
me entregó una publicidad
a mi nombre. Era una editorial
que anunciaba diferentes novedades
editoriales. Mientras la ojeaba
sin la menor pretensión,
mis ojos se clavaron en la portado
de un libro y el corazón
se me aceleró cuando
en el resumen rezaba algo así
como una técnica especial
para relajarse y serenar las
emociones… No lo dudé
y eché la tarjeta de
pedido con una cruz en el correspondiente
libro… a franquear en
destino…
A
la semana siguiente, alguien
llamó al timbre de la
puerta de nuestra casa. Mi padre
dijo: - -- -“Ven, es para
ti”.
Un señor mayor, me preguntó:
-¿Es usted Josemaría
Garzón?
-Sí, señor; soy
yo.
-Le traigo el libro que pidió
a nuestra editorial.
-Caramba, qué rápido
–le dije.
Esa
misma tarde comencé a
leer y no paré hasta
que terminé aquel intrigante
libro de no más de ciento
ochenta páginas. Fue
tan apasionante creer en los
diferentes mundos que existían
dentro de nosotros que, a pesar
de que recomendaba el asesoramiento
de un maestro para comenzar
su práctica, al día
siguiente nada más regresar
del centro donde trabajaba me
senté a solas en mi habitación,
con las piernas cruzadas.
En
efecto, permanecía con
las piernas cruzadas en el suelo
de mi habitación –allá
por el 87- cuando sin esperarlo
me salí del cuerpo y
lo contemplé apoyado
en la pared mientras llegaba
a a un sorprendente descubrimiento:
que yo no era aquellos pensamientos
que borboritaban en mi cabeza
de manera traslúcida,
sino el observador que desde
dos metros de altura contemplaba
sin implicaciones emocionales
un cuerpo que más parecía
una funda perfecta de carne.
El concepto de espacio era diferente
y el tiempo se plegó
de tal manera que no había
manera de comparar cómo
transcurría el tiempo
de la vida cotidiana a aquel
otro, que parecía planear
en un eterno presente. Todo
era gozo, éxtasis, Amor.
No quería volver.
Pero
algo tiraba de mí y me
obligaba a proseguir con mi
vida ordinaria. Cuando regresé
dentro del cuerpo, la mente,
con su vorágine de pensamientos,
volvió a tomar las riendas
de aquella consciencia cuya
claridad y percepción
eran infinitamente superiores
a la consciencia intelectual
que durante tantos años
llevaba cultivando. Permanecí
tan quieto en mi impresión
de lo que había vivido
que no me había enterado
de mi madre llevaba diez minutos
llamando a la puerta para me
sentara a comer con ellos y
con mis hermanos. A partir de
ese día yo no sería
el mismo. Las experiencias sucesivas
de salida del cuerpo eran de
tal magnitud y percepción
que jamás lo olvidaría
y siempre que tenía una
oportunidad me aislaba en casa
y hasta en los recreos del colegio
para viajar... o para desconectar
de lo mundano con el fin de
sumergirme en lo Infinito y
Hermoso. Recuerdo que a varias
personas de confianza le indicaba
lo que él o ella habían
estado llevando a cabo a la
hora de mis prácticas,
y ellos con la boca entreabierta
asentían, como si no
alcanzara entender cómo
porras sabía yo qué
habían estado haciendo.
Veía sus movimientos,
veía sus emociones, pero
lo que más me gustaba
era la enorme compasión
que sentía por ellos,
porque era capaz de ver sus
necesidades y su camino sin
que ellos lo comprendieran jamás.
Mucho
ha llovido, y esa conexión
–ahora lo sé- estuvo
determinada por un camino trazado
a grandes rasgos. A veces fue
doloroso, ¿para qué
negarlo?
Así
que en mí comenzaron
a cambiar muchas cosas.
Existen
experimentos en los que se ha
demostrado de manera fehaciente
los beneficios de su práctica.
Por ejemplo, uno de ellos se
llevó a cabo en Washington,
creo que en la década
de los setenta. Durante un año
aproximadamente un grupo numeroso
de meditadores estuvieron llevando
una meditación en puntos
diferentes de la ciudad, conocida
como Trascendental, y cuyo padre
fue el popular Maharishi. Al
cabo de un tiempo, se comprobó
que los índices de delincuencia
en la ciudad habían descendido
hasta unos niveles impensables.
Médicos
y expertos han confirmado las
bendiciones de toda persona
que medita.
Mayor
relajación.
Mejoría en el estado
de salud.
Mejora de la relaciones interpersonales.
Mayor creatividad.
Armonía familiar.
Desapegos.
Mejora de las procesos internos
de pensamiento.
Distorsión del tiempo,
donde nos volvemos más
eficaces, o de manera inexplicable
hacemos lo realmente importante
en menor tiempo.
Disfrute de la vida.
Deseo de unión.
Las
personas que practican con regularidad
Meditación, del tipo
que sea, encuentran que sus
vidas se sosiegan, que las angustias
y miedos se moderan, se vuelven
infinitamente más desprendidas
de aquello que ya no interesa
y giran hacia otros caminos
donde el alma primero se vacía
de las cargas y se llena de
Lo Nuevo.
Lo
mejor de la técnica AdeA
es que no necesitas estar siempre
aislado. Aunque es preferible
que al principio practiques
con regularidad durante diez
o quince minutos en tu espacio
personal a la misma hora, lo
mejor es que puede llevar la
práctica en poco tiempo
a cualquier lugar: esperando
el avión, viajando, en
la playa. No debes tumbarte,
procura siempre mantener la
espalda recta.
Ahora
que ya te lo he contado. ¿Te
vas animando? Entonces, espérame
que vuelvo después de
comer.
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