9. LOS ADIOSES (I) A U D I O

Soy el hijo prodigo que habla desde un punto en el Camino de Santiago.

En este momento llueve sobre el tejado de pizarra. El verano dice adiós y el otoño llama a la puerta. Desde esta ventana pequeña veo manchas iluminadas de color amarillo en mi bosque de robles sagrados. Las contemplo mientras escribo, mientras hablo, y el tamborileo incesante abraza mi ámbito de paz, el de mi estudio. En el mato de árboles, el verde de la vida da paso al dorado.

Y entonces me llega una pregunta. ¿Cuántos tipos de despedidas he vivido? Las vi verdes, aquellas que me devolvieron una esperanza; las sufrí amargas, aquellas que resonaban con la guerra; las percibí también imprecisas, aquellas cuya apariencia no significaba gran cosa. Pero todas habían dejado un sabor amargo en un yo de mi alma.

Sabemos cuánto duelen las despedidas, comprendemos que cada vez que nos damos un abrazo para decir adiós, algo exprime nuestro corazón hasta que las lágrimas afloran. También sabemos por propia experiencia que una despedida turbia no deja lágrimas, sino hiel que corroe nuestra alma, un lazo áspero que pervive en lo profundo de un cuarto oscuro.

Pero en todo esto, lo que yo veo es otra cosa. Fue el tiempo y nuestra voluntad quienes anudaron una y muchas veces ese hilo para conectar un yo con otro yo, entre un yo y un objeto, entre un nosotros y un vosotros. No comprendimos que el tiempo nos mandaba su mensaje de unidad, en el que nos mostraba con su susurro discreto que no existen ataduras ni despedidas, sólo existe danza, arte y un camino.

Ese yo que a menudo trama siente dolor cuando se separa de otro yo. ¿Qué es el dolor? ¿Qué es el dolor? ¿Qué es el dolor? Es un aparente estado de separación de algo a lo cual nos sentíamos apegados, ¿adheridos? Siempre que hay dolor, hay separación; siempre que hay separación nos duele, sea de lo que sea.

Cuando alguien parte nos sentimos huérfanos de vida. Entonces el yo indeciso procura llenar ese hueco con disfraces u otros yoes que compensen el vacío. Aunque, a veces, ese yo es tan rutinario y ha aprendido tan bien la lección a través de la experiencia mecánica que se regodea en la soledad para contemplar el hueco, como si la mera observación mantuviera viva a la persona, al objeto que perdió… o controló, como si el dolor diera vida a la imagen de quien se fue.

La lluvia amaina ahora, pero emprende una galopada al poco, como si fuera el latido de mi bosque de robles. El tintineo de las gotas que caen desde las lajas de pizarra del tejado sobre los canalones de cobre me devuelve hacia la naturaleza. Los sonidos de los elementos siempre me están imbuyendo de Unidad. Entonces, el ámbito de paz de mi estudio se ensancha, el corazón se abre y el alma habla.

Siempre hemos estado despidiéndonos porque olvidamos nuestro origen de Unidad. Pero la gran maestra que es la naturaleza, nos susurra con su lenguaje de silencio y sus metáforas de amor. Una madre cualquiera de corzo siempre cuida de su cría, y sufre cuando la pierde; la hembra del jabalí arremete contra cualquier amenaza que se presente ante sus jabatos, y siente dolor cuando pierde a alguno de ellos, pero ambas se integra pronto en el compás que marca el bosque, con su dignidad y su inocencia, libre de apegos miserables, de mentes engordadas por egos cuyo alimento es la imagen de otros yoes. Ellas prosiguen porque las madres y el bosque son lo mismo, presencia en nosotros de la Madre Tierra que olvidamos.

Una despedida es como una muerte. Para el ego la muerte es la gran despedida. No sabe el ego que existe la Unidad. Desconoce el ego, conformado por sus centenares de yoes, los juegos y la Trama hermosa, ignora que las separaciones, las despedidas y los adioses no existen, hasta confunde la muerte con el gran dolor porque identifica el trance con la extinción, que es la gran separación, el carecer de consciencia. ¡Por Dios…!

Aunque en todo esto, como he dicho, lo que yo veo es otra cosa. Hemos olvidado que pertenecemos a un Uni-verso, a una sola voz, sin diferencias, sólo un Dios-Madre. Y en ese olvido tomó las riendas el miedo, que fue un producto del ego, con su legión de yoes tan serviciales, o tan formales, o tan tramposos, o tan disconformes, o tan adoctrinados. Hemos olvidado que los árboles y las rocas poseen una conexión con la Tierra que les permite ser, les permite estar conectados a la Unidad, y ver más allá de las propias imágenes que los humanos hemos forjado y que tanta energía gastamos en alimentarlas. Hemos olvidado que la bendita Unidad del Uni-verso, juega a una danza que el ego no puede comprender. Hemos olvidado que aunque un adiós parezca una separación, una despedida o la soledad, en realidad es gratitud, bendición, un plan.

Cuando nuestra mente conecte muy pronto con la Unidad, sabremos que los pasos de la danza distancian a las personas, pero jamás sentiremos dolor, separación o soledad. Sabremos que el tiempo hemos permanecido en grupo o en pareja sirvió para recoger y compartir semillas que luego serían diseminadas en corazones fértiles, y todo ello acompañado de un compás medido, con sus ciclos y sus finales. Bendita Trama que seguimos tejiendo para descubrinos.

Si alguien me dice que un grupo era muy espiritual y siente pena porque se disolvió de malas maneras, en todo esto, como he dicho, lo que yo veo es otra cosa. Su reunión estaba sujeta a un ciclo que sirvió para recibir semillas sagradas, y cuando todas las mochilas en cada corazón se colmaron, la vida tuvo que dispersarlos para sembrar en otros lugares.

Cuando el monje discípulo habló por la mañana con maestro y le contó el sueño, sólo el maestro budista supo hablarle con palabras de Unidad: “Cuando te marches seguiremos unidos por el lazo del Buda.”

Ha dejado de llover. Ahora este silencio también es sonoro, es el silencio de mi Amor por mi Espíritu, por mi alma y por vosotros.

Observo a través de mi ventana pequeña con visillos blancos que la niebla cubre con su lentitud mi bosque de robles sagrados, pero aunque permaneciera ahí durante siglos ocultándome el bosque, ya jamás olvidaría que al otro lado siempre estarán los árboles esperándome.

Desde un pueblo de montaña en el Camino, desde ArtedeAmarte, te habló El hijo pródigo.

Josemaría.

 

 

 
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