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8. EL OTRO ERES TÚ
Sobre las proyecciones
(De Josemaría Garzón)

…El otro, como decía anteriormente, no es algo separado de ti. Si así fuera, olvídate de este escrito porque os estaría liando con mis propios líos: ¿por un lado escribo sobre la Unidad en la que debemos sentirnos integrados, a la que pertenecemos y después divago de un otro separado de esa Unidad? No puede ser. Si todo es Unidad –cada vez más confirmado por la física cuántica- el otro también debe pertenecer a ella, y si pertenece a ella, qué duda cabe, debe estar íntimamente ligado a mí, como si ambos fuéramos lo mismo.
Entonces, decimos… ¿el otro? Bueno, sí, el otro, o la otra, el jefe, el hijo, el compañero, la amante, el alumno, la casa, el maestro espiritual, la enfermedad, o ese problema que desde vuestra adolescencia quebrada se repite de manera incansable. Eso también funciona como el otro.

Deberíamos mirar con otros ojos

Más bien, deberíamos mirarlo al revés. En realidad, el otro es un magnífico test para evaluar qué hay dentro de nosotros que no queremos ver. Estoy poniendo sobre la mesa un magnífico código para comprendernos internamente, estoy indicando que se trata de una parte vuestra que habla con un susurro diferente y preciso.

Al otro, de momento, no lo comprendéis porque aún se usa el código de la dualidad y, para el caso de la Unidad, se precisa usar otra mente diferente, más relacionada con el hemisferio derecho que con el izquierdo.

Si antes os dije que el ego y la mente proyectan hacia fuera lo que ambos fraccionan dentro, la pregunta que os podríais formular sería la siguiente: “Muy bien, pero, ¿sobre qué se proyecta ese ego que nos hace creer que solo existo yo separado de los demás? Pensadlo y atreveros a expresar con valentía:

Si todos pertenecemos a una Unidad que todo lo integra, entonces…

“Yo me proyecto sobre los demás”,
“Los demás son una parte de mí que no quiero ver”, y
“A veces me proyecto sobre mi cuerpo, quien me habla con sus quejas y dolores”.

Esta idea es naciente, y como cualquier idea que surge, posee un gran poder. Cualquier verdad nueva que se hace desde el interior remueve un ímpetu desconocido que os une a todos aquellos que compartís lo mismo. Por el contrario, las ideas estancadas pierden su fuerza y terminan por usar toda su energía en frenar la entrada de pensamientos foráneos, con lo cual, atrancan las puertas de la apertura en vez de abrirlas: ni dejan entrar, ni permiten conquistar corazones.

Reciclado de verdades

La transformación de viejas verdades que guardé dentro de mí durante años fue el trabajo que tuve que realizar a lo largo de mi vida. Creo que todo comenzó cuando mis hijas contaban siete y nueve años de edad respectivamente. Más tarde descubriría que mis hijas pusieron el dedo en la yaga. También descubrí que alguno de mis padres, o ambos, heredaron de sus padres la misma carga, y seguro que ese problema se remontaba cinco o seis generaciones atrás. Así, pues, ¿cuántos descendientes habrían soportado el peso de ese tipo de pautas o emociones espesas a las que suelo llamar “los barros benditos” y en qué punto de la estirpe familiar debería transmutarse? Quizá fuera en mí y tal vez había llegado como así fue el día.
En cualquier caso, mis hijas me sirvieron como baluarte de esa conquista y transformación de ideas y emociones pesonales.

Creyendo que yo las educaba a ellas, ignoré por un tiempo que eran ellas quienes me estaban tendiendo el puente para que yo lo cruzara. Todo, en ese otro concepto al que suelo llamar Conciencia Amor, se ve al revés… ES AL REVÉS de como lo proyecta nuestra mente racional.

Una experiencia (I)

Con el permiso de mis hijas os narraré una historia hermosa que me zarandeó durante tres años, período durante el cual también surgieron cambios paralelos en el seno de mi hogar, en el de mis padres y en el trabajo. Cuando dices el Sí, quiero –otro concepto que hace hincapié en la rendición de la mente analítica- todo se revuelve para ser renovado y hasta renombrado. Lo indico ya: mis hijas en esta historia, son las otras. Mi hija, la mayor, es mi principal correctora, así que ella, antes que vosotros, leyó esto, y no sólo se sonrió, sino que charlamos con una filiación difícil de expresar con palabras. Ella creció al recordar y yo volé porque entonces me sirvió de espejo perfecto de lo que entonces no vislumbraba en mi interior.

Por cierto, hablando de volar: en aquellos días voló un plato de comida en la cocina de nuestra casa; lo confieso. Pero no fue un fenómeno paranormal, sino la consecuencia de mi propia histeria, una paciencia que se había hecho trizas como consecuencia de la siguiente historia.

Durante tres años regresaba de mi trabajo como docente alegre, contemplando los olivos y la carretera sinuosa entre ambas localidades, pero la angustia me abrazaba cuando, al cabo de veinte minutos, veía las primeras casas del pueblo. Ya digo: durante el camino, contemplando; pero, la llegada era otro cantar. La pregunta de siempre era la misma: “Esta vez, ¿a qué hora acabará el almuerzo? ¿Después de que venga mi mujer del trabajo, a las cuatro o las cinco de la tarde?

Como docente apliqué mis técnicas pedagógicas, esas que siempre apuntan al cambio del otro y nunca a tu propia educación. Por ejemplo, se quitó el televisor a la hora de comer porque descubrí que la tele tampoco ayudaba a que se olvidaran de su rechazo a la comida –de manera simultánea también me di cuenta de que la tele informa mucho pero incomunica más, porque debido a que sus contenidos son negativos producen separación, como digo, falta de comunicación, y eso, a su vez conlleva más separación. Como consecuencia sobreviene algún tipo de violencia verbal, que es el signo más claro de falta de comunicación-. No funcionó. ¿Refuerzos positivos? Habían tenido su efecto durante unas semanas. ¿Concursos? Al segundo día me di cuenta que fomentaría en ellas una feroz rivalidad.

Comencé a sopesar la idea de la Conciencia Amor, la misma que aplicaba en el trabajo y en otros ámbitos familiares. Entonces, me pregunté qué mensaje me devolvían aquellos dos espejos donde yo veía los rostros de mis hijas. Lo comprendería más tarde de una manera reveladora.

Una experiencia (II)

Algo que no descubrí hasta el regreso del trabajo me carcomía por dentro. Fue aquel jueves lluvioso de febrero. Por la mañana cogí el coche para dirigirme hasta el colegio. Por primera vez salía de mi casa rogando a Dios por una solución. No tardó en llegar la respuesta que al principio no entendí más que como un juego de sincronicidades –casualidades que parecen estar más allá del azar- . Cuando salí del pueblo me topé, pegado al margen de la carretera, un enorme cartel publicitario con unas letras inmensas: “Descúbrelo y disfruta”. Algo me revolvió por dentro los cimientos de mi ser cuando al lado de la frase observé a dos niños comiendo y riendo.

Ese día pensé durante el trayecto que debería comer más despacio, masticando la comida con mesura, consagrando el momento y la comida que nuestros cuerpos recibían –como hacen los budistas y otras tradiciones- pero eso ya lo había practicado y tampoco había resultado efectivo. Yo estaba obsesionado por la variedad de alimentos, por la cantidad, por la prontitud… porque tenía que subir a mi habitación para escribir.

A la vuelta, recordaba cómo había disminuido la cantidad de comida, cómo las había dejado libres para que comieran según su apetito y, a menudo, sonreía para disimular. Últimamente sólo tardaban una hora y media en terminar de comer… así que me resigné de nuevo… un día más.

El problema estaba deteriorando la comunicación entre nosotros, algo que para mí era una meta, pero que estaba en contradicción con mi actitud, que era la de salir corriendo hacia mi estudio para escribir mi segunda novela. Me levanté con mi plato medio lleno porque estaba al borde de la explosión. Quería irme, no para escribir, sino para evitar un altercado, pero cuatro pasos más allá de la mesa lo lancé contra la puerta del armario que está encima del fregadero y saltaron por toda la cocina esquirlas de cerámica y espaguetis con tomate. Un silencio tan espeso como la pasta se apoderó en ese momento del comedor de la cocina. Ninguna de las dos levantó la cabeza y comenzaron a comer como los pavos, peor que yo en mis peores momentos. Mientras recogía y fregaba los restos de comida salpicados por la hornilla, el frigorífico y hasta en el techo, las imprecaba sin paciencia alguna. Aún no había comprendido que aquello había sucedido en un momento perfecto.

Y así fue. Al día siguiente a-la-hora-de-la-comida les pedí perdón. Ellas, como de costumbre, lo celebraron con sus charlas sempiternas sobre el colegio, describiendo con sumo detalle los incidentes del recreo, en fin, conversaciones crispantes que se demoraban durante horas. Participé por deber mientras llegaba la hora de que mi mujer apareciera por la puerta para dejarme libre de aquella pesadilla. Entonces se me ocurrió hablarles de mis alumnos, que era lo que más les gustaba a ellas, de cómo organizábamos las actividades para el trimestre o las anécdotas divertidas que me sucedían dentro del aula casi a diario.

Una experiencia (III)

Lo cierto es que se me ocurrió narrar con detalle mis atrevimientos en la escuela. Esa mañana, en el trabajo, y en una especie de clase monográfica trabajé el tema de la muerte con doce alumnos que contaban entre siete y doce años. Surgió a raíz de la muerte de la abuela de un alumno que permanecía cariacontecido, muy triste, y sin ganas de aprender. Cambié la hora semanal de visualizaciones, de masajes y de yoga por un asunto más urgente.

Les recordé a ellas cómo mis alumnos permanecían boquiabiertos sobre sus mantas extendidas en el suelo. Yo era consciente de que para unos niños con esas edades, la muerte, como extinción, no les preocupa tanto como la duda de pensar en la separación y en la falta de contacto que sobrevendría al perder a sus seres queridos. Lo cierto es que mis alumnos asentían cada vez que yo preguntaba si proseguía o no con la clase. “¿Qué será de mí cuando mis padres se hayan ido?”, nos preguntamos todos en algún momento de la vida. ¿No lo recordáis? Todos nos hicimos esa pregunta, antes de cambiarla por “¿habrá vida después?

Durante la comida con mis hijas, manifesté el mismo entusiasmo de la clase porque la charla había tenido éxito, tanto como un ejercicio de visualización dirigida donde los alumnos debían salir de sus cuerpos tumbados sobre el suelo y sobrevolar el colegio, los olivares, las nubes y regresar de nuevo hasta una clase silenciosa y vibrante.

Todos mis alumnos me rogaron que a la semana siguiente continuara con el mismo taller. Me quedé más sorprendido cuando dos niños de los más pequeños me abrazaron sin mediar palabra. Aquel gesto fue más expresivo que cualquier palabra de agradecimiento. Por otra parte, una alumna llamada Marta suspiró tan libre que parecía haber vomitado un nudo enorme con sabor a vinagre.

La narración de mi aventura con la muerte y los niños a mi hija la pequeña le provocó una honda impresión porque resolvió mucho de sus temores. Entonces a-la-hora-de-la-comida me preguntó que cómo sabía tanto sobre la muerte, y le referí una experiencia maravillosa de esas que ahora se llaman cercanas a la muerte.

Una experiencia (III)

Durante una hora les enseñé lo mismo que a mis alumnos, durante una hora ellas me preguntaron sobre mi experiencia, al cabo de una hora mi sopa estaba tan fría como el hielo. Fue cuando mi hija la pequeña, con ochos años entonces, pronunció la frase más funesta que se haya dicho en el seno de nuestro hogar. Fue tan extravagante que removió los fundamentos más firmes de la casa.

–Qué bonito papá. Yo me quiero morir ya –dijo con un entusiasmo que a mí me paralizó.

Me apresuré a corregir parte del guión, buscando de manera aturullada una réplica para atenuar el efecto tan positivo que la muerte había suscitado en ella: “No, no, hija…, bueno…, aún tienes muchas cosas que llevar a cabo en la vida. En fin, a ver si encuentras pronto tu misión…” Fue una respuesta tan pueril y estúpida como un piano de grande.

Y mientras la disuadía, comprendí, con el mismo sabor de una honda revelación que aquellas demoras infames durante tres años a la hora de la comida habían cumplido un propósito escondido, habían puesto sobre la mesa mis barros: obsesiones no solo por la comida, sino por otros asuntos personales; el egoísmo por no compartir más tiempo con ellas y un aislamiento que rayaba la insociabilidad. Ellas me lo reflejaban con un lenguaje simbólico que no es el verbal, a través de un espejo con reflejos familiares pero incomprensibles hasta ese momento; yo había sido incapaz de verlo. Por otra parte, resultaba significativo que mi mujer no le diera la misma importancia al problema que ni siquiera veía, porque sospechaba que el problema era yo y no ellas. Es más, nunca estaba presente en esos momentos porque siempre llegaba más tarde de su trabajo, y cuando aparecía, las niñas comían más rápido sin que ella estuviese presente.

Sin embargo, hay algo más interesante. Había otro para qué. Ellas representaban una oportunidad que jamás hubiera tenido con nadie más para transformar esa heredad que provenía desde hacía varias generaciones. Lo cierto es que aquel día desvelé un secreto de grandes proporciones. A partir de ese momento la heredad sería diferente porque a la azotea de mis hijas, la parte subsconsciente de ellas, ya no lanzaría una pelota como aquella, sino otra bien diferente. ¿Dónde cambiaba todo? ¿Dónde comenzaba y finalizaba aquel culebrón? En mí.

No tomar conciencia de esta realidad solo significaba algo: que a cada una de ellas les hubiera regalado lo mismo que mis padres me habían traspasado a mí, y a ellos, sus padres o mis abuelos, y a mis abuelos, mis bisabuelos, y así cinco generaciones más. Porque las mismos temores por la carencia los habían tenido mi madre, su madre, y a su vez, que yo sepa, mi bisabuela.

Hubo otro para qué: durante tres años había despertado en ellas el gusto por esta visión de la vida, les hablé de cómo yo aplicaba la Conciencia Amor en mi lugar de trabajo, cómo transformaba los miedos, o cómo debían ellas resolver sus problemas domésticos en la escuela. Sobre todo cómo aplicar el sentido de la vida como espejo de nuestro interior en el ámbito de su colegio, o más tarde en el instituto. ¿Cuándo hubiéramos tenido una oportunidad tan sagrada para compartir algo semejante sino a la hora de la comida? Y, sobre todo, ¿qué simbolismo tan maravilloso brotaba en el hecho de que aquel descubrimiento hubiera sucedido a la hora del almuerzo? Ellas y yo habíamos recibido un alimento invisible que nos ayudó a embellecer el lazo familiar, pero sin ataduras, al contrario, liberando, y aunque luego vinieran acuerdos y desacuerdos necesarios para encontrar otros para qués, lo cierto es que surgieron posibilidades creativas muy interesantes para llevarlas a cabo a la hora de la comida, como el maravilloso descubrimiento de caer en la cuenta de que, caramba, también en el mundo de los negocios de los hombres de empresa existían las comidas de trabajo. ¿Y por qué no? Cambiamos nuestras comidas en comidas de trabajo. Hubo días en lo cuales convertimos el almuerzo en un lugar de encuentro para que mis hijas criticaran mis escritos, mis capítulos, mis cuentos, para que yo les enseñase, qué mensaje les estaba devolviendo una compañera o una profesora a ella para que se comprendieran internamente. Para que yo aprendiera cuántas cosas se me habían olvidado de mi niño interior, aquel niño que se quedó perdido en el pasado y que de alguna manera, con este tipo de proyecciones, también ponían en evidencia sus necesidades, las que debían abordarse. Y siempre era a-la-hora-de-la-comida.

A partir de ese momento, el que deseaba permanecer en la mesa era yo. Mi relación como padre controlador se atenuó para pasar a formar parte de un otro que ellas necesitaban. Ay, los miedos que nos controlan y nos bloquean para… controlar y bloquear a los demás.

Una parte de mí usó el resorte de la comida obligatoria para trascender miedos ancestrales... porque no eran realmente míos, aunque como unidad todo sea compartido y también me correspondieran. Ellas no recibirían esa carga porque ese día se había resuelto, se había transformado dentro de mí. Cuántas risas comenzaron a nacer a-la-hora-de-la-comida a partir de ese día.

Esta historia es uno de los amores del mundo que más disfruto y que más me ayudan en los talleres sobre el Niño Interior que imparto por aquí y por allá.

El otro es un camino

Parece una tontería, pero hay mucho en juego cuando uno se mueve en la Conciencia Amor. Lo más importante es comprender hasta qué punto, trabajando en nosotros, liberamos a nuestros hijos, que en parte son semillas que están dentro de nosotros, y a nuestros ascendientes, de los cuales somos nosotros el fruto que heredamos, barros benditos que están dentro para ser transformados. Si sois padres, preguntaos cuánto se parece un problema persistente y desagradable de vuestros hijos a otro problema que bien tú, bien tu mujer, tuvisteis cuando fuisteis niños o adolescentes. Las formas serán diferentes, el escenario habrá cambiado, pero la emoción que se expresa es la misma; la pelota tendrá diferente forma y colorido, pero el aire que la infla es idéntico.

Os quedaríais boquiabiertos si alguna vez os enfrentarais a un ejercicio escrito que pongo por delante a quienes deben trabajar el otro. El otro expresa un mensaje escondido que os enseña con su código, un lenguaje con símbolos cotidianos, sincronicidades (o casualidades imposibles) y repeticiones. Y ese otro siempre está delante, desde las primeras horas del día hasta el sueño. Sin estar presente de manera física, lo agrandáis y lo revolvéis dentro. Con ese ejercicio al que me refiero, los hay (o las hay) que se ríen con el nerviosismo de la desnudez, y también las hay que lloran cuando amanece con ráfagas de luz tierna el descubrimiento personal de que el otro era es un yo que clama por ser escuchado. Lo más sorprendente es que –y lo he visto muchas veces- cuando cambiáis vosotros, cambia el entorno de manera automática. ¿Cómo no iba a ser de esa manera si nosotros proyectamos en una magnífica pantalla holográfica llamada vida lo que llevamos dentro?

Este efecto produce una especie de reconciliación entre las partes enfrentadas que todos llevamos dentro. Los enfrentamientos de fuera están dentro ¿Y qué os puedo preguntar?: si el dolor proviene de cualquier conciencia de separación, ¿qué surgirá tras esa reconciliación interna? Os lo diré: la ausencia de miedos, un inmenso gozo. La plenitud. La Unidad.

Me surge otra pregunta inevitable: ¿será este escrito un otro de ti que te habla? ¿Habrá utilizado una parte de ti un camino con una vuelta tan amplia como esta para ponerse en contacto contigo? Si has llegado a esta frase, entonces algo de ti te habla a través de mí y algo de ti me habla a mí, como hicieron mis hijas conmigo.

Esta es la realidad holística de la que tanto se habla hoy. Un gesto, un hecho, un incidente posee tantos significados como intérpretes haya dentro de ti. No depende de él sino del observador, y él eres tú. Por lo tanto, ¿acaso no tendremos unas mentes creadoras…? Pero este asunto será para otro escrito.


Josemaría Garzón
www.artedeamarte.net

 


 

 

 

 

 
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