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8. EL OTRO ERES TÚ

El otro no es algo separado. Si así fuera, olvídate de este escrito porque os estaría liando con mis propios líos: ¿por un lado escribo sobre la Unidad a la que pertenecemos y después divago de un otro separado de esa Unidad? No puede ser. Si todo es Unidad, el otro también debe pertenecer a ella.
¿El otro? Bueno, sí, el otro, o la otra, el jefe, el hijo, el compañero, la amante, el alumno, la casa, el maestro espiritual, la enfermedad, o ese problema que desde vuestra adolescencia quebrada se repite de manera incansable. Eso también funciona como el otro. ¿Entendéis ahora?

Mirad con otros ojos

Miradlo al revés. En realidad, el otro es un magnífico test para evaluar qué hay dentro, una parte vuestra que habla con un susurro diferente y preciso. Al otro, de momento, no lo comprendéis porque aún se usa el código de la dualidad y, para el caso de la Unidad, se precisa otro diferente.
Si antes os dije que el ego y la mente proyectan hacia fuera lo que ambos fraccionan dentro, la pregunta que os podríais formular sería la siguiente: “Muy bien, pero, ¿sobre qué se proyecta ese ego que nos hace creer que solo existo yo separado de los demás? Pensadlo y atreveros a expresar con valentía:

“Yo me proyecto sobre los demás”,
“Los demás son una parte de mí que no quiero ver”, y
“A veces me proyecto sobre mi cuerpo, quien me habla con sus quejas y dolores”.

Esta idea es naciente, y como cualquier idea que surge, posee un gran poder. Cualquier verdad nueva que se hace desde el interior remueve un ímpetu desconocido que os une a todos aquellos que compartís lo mismo. Por el contrario, las ideas estancadas, pierden su brío y terminan por usar toda su energía en frenar la entrada de pensamientos foráneos, con lo cual, atrancan puertas en vez de abrirlas: ni dejan entrar, ni dejan salir. De esta manera, se convierte en carceleras de lo que desea salir y en guardianas frente a las amenazas del fuera.

Reciclado de verdades

La transformación de viejas verdades guardadas dentro de mí fue el trabajo que tuve que realizar hace años, cuando mis hijas apenas contaban con ocho y diez años de edad cada una. Descubrí más tarde que esa carga era la de alguno de mis padres, o la de los dos, y que ellos la heredaron de sus padres, y seguro que ese problema se remontaba cinco o seis generaciones atrás. Así, pues, ¿cuántos descendientes soportaron el peso del barro y en qué punto de la estirpe familiar debía depurarse? Quizá fuera en mí y tal vez había llegado el momento durante mi existencia.
En cualquier caso, mis hijas me sirvieron como baluarte de esa conquista y transformación. Creyendo que yo las educaba a ellas, ignoré por un tiempo que eran ellas quienes me estaban tendiendo el puente para que yo lo atravesara. Todo, en la Conciencia Amor se ve al revés.

Una experiencia (I)

Os narraré con el permiso de mis hijas una historia hermosa que me zarandeó durante tres años, período durante el cual también surgieron cambios paralelos en el seno de mi hogar, en el de mis padres y en el trabajo. Cuando dices el Sí, quiero, todo se revuelve para ser renovado y hasta renombrado. Lo indico ya: mis hijas en esta historia, son las otras. Mi hija, la mayor, es mi principal correctora, así que ella, antes que vosotros, leyó esto, y no sólo se sonrió, sino que charlamos como dos hermanos de luz. Ella ha crecido al recordar y yo he volado al darle las gracias porque entonces me sirvió de espejo.

Por cierto, hablando de volar: una vez voló un plato de comida en la cocina de nuestra casa; lo confieso. Pero no fue un fenómeno paranormal, sino la consecuencia de mi propia histeria, una paciencia que se había hecho trizas una semana antes.

Durante tres años regresaba de mi trabajo como docente alegre, contemplando los olivos y la carretera sinuosa entre ambas localidades, pero la angustia me abrazaba cuando, al cabo de veinte minutos, veía las primeras casas del pueblo. Ya digo: durante el camino, contemplando; pero, la llegada era otro cantar. La pregunta de siempre era la misma: “Esta vez, ¿a qué hora acabará el almuerzo: ¿después de que venga mi mujer del trabajo, a las cuatro o las cinco de la tarde?

Como docente apliqué mis técnicas pedagógicas, esas que siempre apuntan al cambio del otro y nunca a tu propia educación. Se quitó el televisor a la hora de comer porque descubrí que la tele informa mucho pero incomunica más, porque debido a que sus contenidos son negativos producen separación, como digo, falta de comunicación, y eso, a su vez conlleva más separación. Y como consecuencia sobreviene algún tipo de violencia verbal, que es el signo más claro de falta de comunicación. No funcionó. ¿Refuerzos positivos? Habían tenido su efecto durante dos meses. ¿Concursos? Al principio, bien, pero desistí cuando comprobé que estaba fomentando la rivalidad entre ellas.

Comencé a sopesar la idea de la Conciencia Amor, la misma que aplicaba en el trabajo y en otros ámbitos familiares. Entonces, me pregunté qué mensaje me devolvían aquellos dos espejos que representaban mis hijas. Lo comprendería más tarde de manera reveladora.

Una experiencia (II)

Una mañana cogí el coche de nuevo para dirigirme hasta el colegio. Por primera vez salía de mi casa rogando a Dios por una solución. De manera mental lo hice y no tardó en llegar la respuesta que al principio no entendí más que como un juego de sincronicidades. Cuando salí del pueblo me topé, pegado al margen de la carretera, un enorme cartel publicitario con unas letras inmensas: “Descúbrelo y disfruta”. Algo me revolvió por dentro los cimientos de mi ser cuando al lado de la frase observé a dos niños comiendo y riendo.
Ese día pensé durante el trayecto que debería comer más despacio, masticando la comida con mesura, consagrando el momento, pero eso ya lo había practicado y tampoco resultó efectivo. Yo estaba obsesionado por la variedad de alimentos, por la cantidad, por la prontitud. Algo me carcomía por dentro y no lo descubrí hasta el regreso del trabajo, aquel jueves lluvioso de febrero.

A la vuelta, recordaba que había disminuido la cantidad de comida, las había dejado libres para que comieran según su apetito y sonreía a menudo para disimular. Últimamente sólo tardaban una hora y media, así que me resigné.

El problema estaba deteriorando la comunicación entre nosotros, algo que para mí era una meta, pero que estaba en contradicción con mi actitud, que era la de salir corriendo hacia mi estudio para escribir mi segunda novela. Me levanté con mi plato medio lleno porque estaba al borde de la explosión. Quería irme, no para escribir, sino para evitar un altercado, pero cuatro pasos más allá de la mesa lo lancé contra la puerta del fregadero y saltaron por toda la cocina esquirlas de cerámica y espaguetis con tomate. Un silencio tan espeso como la pasta se apoderó en ese momento del comedor de la cocina. Ninguna de las dos levantó la cabeza y comenzaron a comer como los pavos, peor que yo en mis peores momentos. Mientras recogía y fregaba los restos de comida salpicados por la hornilla, el frigorífico y hasta en el techo, las imprecaba sin paciencia alguna. Aún no comprendía que aquello había sucedido en un momento perfecto.

Y así fue. Al día siguiente les pedí perdón. Ellas, como de costumbre, lo celebraron con sus charlas sempiternas sobre el colegio, describiendo con sumo detalle los incidentes del recreo, en fin, conversaciones crispantes que se demoraban durante horas. Participé por deber mientras llegaba la hora de que mi mujer apareciera por la puerta. Entonces les hable de mis alumnos, que era lo que más les gustaba a ellas, de cómo organizábamos las actividades para el trimestre o las anécdotas divertidas que me sucedían dentro del aula.

Una experiencia (III)

Lo cierto es que se me ocurrió narrar con detalle mis atrevimientos en la escuela. Esa mañana, en el trabajo, y en una especie de clase monográfica trabajé el tema de la muerte con doce alumnos que contaban entre siete y doce años. Surgió a raíz de la muerte de la abuela de un alumno que permanecía postrado y sin ganas de aprender. Cambié la hora semanal de visualizaciones, de masajes y de yoga por un asunto más urgente.

Les recordé a ellas cómo mis alumnos permanecían boquiabiertos sobre sus mantas extendidas en el suelo. Yo era consciente de que para unos niños con esas edades, la muerte, como extinción, no les preocupa tanto como la duda al pensar en la separación y en la falta de contacto que sobreviene con sus seres queridos cuando llegue el momento. Lo cierto es que asentían cada vez que yo preguntaba si proseguía o no hablando de algo tan pavoroso para cualquier ser humano, y más para un niño. “¿Qué será de mí cuando mis padres se hayan ido?”, nos preguntamos todos en algún momento de la vida. ¿No lo recordáis?

En la comida con mis hijas manifesté el mismo entusiasmo de la clase porque la charla había tenido éxito, tanto que todos mis alumnos me rogaron que a la semana siguiente continuara hablando sobre lo mismo, tanto que dos niños de los más pequeños me abrazaron sin mediar palabra y tanto que una alumna llamada Marta suspiró tan libre que parecía haber vomitado un nudo enorme con sabor a vinagre.

La narración de mi aventura con la muerte y los niños a mi hija la pequeña le provocó una honda impresión porque resolvió mucho de sus temores cuando los sacó fuera con sus tres preguntas de rigor. Entonces a-la-hora-de-la-comida me hizo la tercera pregunta, que cómo sabía tanto sobre la muerte, y le referí una experiencia maravillosa de esas que ahora se llaman cercanas a la muerte y que he contado en otro artículo, cuando me salí del cuerpo de carne y huesos y lo contemplé desde el techo de mi habitación de adolescente.

Una experiencia (III)

Durante una hora les había enseñado lo mismo que a mis alumnos, durante una hora ellas me habían preguntado convencidas de mi experiencia, al cabo de una hora mi sopa estaba tan fría como el hielo. Y fue entonces cuando mi hija la pequeña, con ochos años entonces, pronunció la frase más funesta que se haya dicho en el seno de nuestro hogar. Fue tan extravagante que removió los fundamentos más firmes de la casa.

–Qué bonito papá. Si todo es así, yo me quiero morir ya –dijo con un entusiasmo que a mí me paralizó.
Me apresuré a corregir parte del guión, buscando de manera aturullada una réplica para atenuar el efecto tan positivo que la muerte había suscitado en la pequeña: “No, no, hija…, bueno…, aún tienes muchas cosas que llevar a cabo en la vida. En fin, a ver si encuentras pronto tu misión…” Fue una respuesta tan pueril y estúpida como un piano. Mientras la disuadía, en ese instante, comprendí como una revelación divina que aquellas demoras infames durante tres años a la hora de la comida habían cumplido un propósito, habían puesto sobre la mesa mis barros: obsesiones no solo por la comida, sino por otros asuntos personales, egoísmo por no compartir más tiempo con ellas y aislamiento que a veces caía en la insociabilidad. Era mi trabajo y ellas me lo reflejaban porque yo era incapaz de verlo. Por otra parte, resultaba significativo que mi mujer no le diera la misma importancia al problema que ni siquiera veía, porque tenía muy claro que el problema era yo y no ellas. Es más, nunca estaba presente en esos momentos porque llegaba más tarde y cuando ella aparecía o se unía a las cenas las niñas comían más rápido.

Sin embargo, había otros paraqués. Ellas representaban una oportunidad que jamás hubiera tenido con nadie diferente para transformar ese heredad que venía desde varias generaciones atrás. Lo cierto es que comprendí algo de grandes proporciones. A partir de ese momento la heredad sería diferente porque a la azotea de mis hijas yo no lanzaría una pelota como aquella, sino otra bien diferente. ¿Dónde cambiaba todo? En mí. No tomar conciencia de esta realidad solo significaba algo: que a cada una le regalaría lo mismo que mis padres me había traspasado a mí, y a ellos, sus padres o mis abuelos, y a mis abuelos, mis bisabuelos, y así cinco generaciones más.

Hubo otro paraqué más dulce que el fruto tropical del pan que emergió con una luz desconocida: durante tres años había despertado en ellas el gusto por esta visión de la vida, les hablé de cómo yo aplicaba la Conciencia Amor en mi lugar de trabajo, cómo transformaba los miedos, o cómo debían ellas resolver sus problemas domésticos en la escuela. ¿Cuándo hubiéramos tenido una oportunidad tan sagrada para compartir algo semejante sino a la hora de la comida? Y, sobre todo, ¿qué simbolismo tan maravilloso brotaba en el hecho de que aquel descubrimiento hubiera sucedido a la hora del almuerzo? Ellas y yo habíamos recibido un alimento invisible que nos ayudó a embellecer el lazo familiar, pero sin ataduras, al contrario, liberando, y aunque luego vinieran acuerdos y desacuerdos necesarios para encontrar otros paraqués, lo cierto es que surgieron posibilidades creativas muy interesantes para llevarlas a cabo a la hora de la comida, como el maravilloso descubrimiento de que en el mundo de los negocios de los hombres de empresa existían las comidas de trabajo. ¿Y por qué no? Hubo días en lo cuales convertimos nuestras comidas en un lugar de encuentro para que mis hijas criticaran mis escritos, mis capítulos, mis cuentos. Y casi siempre fue a-la-hora-de-la-comida.

A partir de ese momento, el que deseaba permanecer en la mesa era yo. Mi relación como padre controlador se atenuó para pasar a formar parte de un otro que ellas necesitaban para crecer libres o de unas a otras que yo también requería para descubrirme. Una parte de mi usó el resorte de la comida obligatoria para trascender miedos en mí ancestrales porque no eran realmente míos, aunque como unidad todo sea compartido y también me correspondiera. Ellas no recibirían esa carga porque ese día se había resuelto, se había transformado dentro de mí. Cuántas risas comenzaron a nacer a-la-hora-de-la-comida a partir de ese día.

Esta historia es uno de los amores del mundo que más disfruto y que más me ayudan en los talleres del alma que imparto.

El otro es un camino

Parece una tontería, pero hay mucho en juego cuando uno se mueve en la Conciencia Amor. Lo más importante es comprender hasta qué punto, trabajando en nosotros, liberamos a nuestros hijos, que en parte son semillas que están dentro de nosotros, y a nuestros ascendientes, de los cuales somos nosotros el fruto que heredamos, barros benditos que están dentro para ser transformados. Si sois padres, preguntaos cuánto se parece un problema persistente y desagradable de vuestros hijos a otro problema que bien tú, bien tu mujer, tuviste cuando fuiste niño o adolescente. Las formas serán diferentes, pero la emoción es la misma; la pelota tendrá diferente forma y colorido, pero el aire que la infla es el mismo.

Os quedaríais boquiabiertos si alguna vez os enfrentarais a un ejercicio escrito que pongo por delante a quienes deben trabajar el otro. El otro expresa un mensaje escondido que os advierte con su propio código cifrado, un lenguaje escrito con símbolos cotidianos, sincronicidades (o casualidades imposibles) y repeticiones. Y ese otro siempre está delante, desde las primeras horas del día hasta el sueño. Sin estar presente de manera física, lo agrandáis y lo revolvéis dentro con vuestras emociones y vuestros pensamientos recurrentes. Con ese ejercicio al que me refiero, los hay (o las hay) que se ríen con el nerviosismo de la desnudez, y también las hay que lloran, cuando amanece con ráfagas de luz tierna el descubrimiento personal de que el otro era yo y de que por fin vuestros hijos se liberaran de la carga. Cuando cambiáis vosotros, cambia el entorno de manera automática.

Ese efecto produce una especie de reconciliación entre las partes enfrentadas, pero no fuera, sino dentro de vosotros. ¿Y qué os puedo preguntar?: si el dolor proviene de cualquier conciencia de separación, ¿qué surgirá tras esa reconciliación interna? Os lo diré: un inmenso gozo. La plenitud. La Unidad. La ausencia de miedos.

Me surge otra pregunta inevitable: ¿será este escrito un otro de ti que te habla? ¿Habrá utilizado una parte de ti un camino con una vuelta tan amplia como esta para ponerse en contacto contigo? Si has llegado a esta frase, entonces algo de ti te habla a través de mí.

Josemaría Garzón
www.artedeamaret.net

 


 

 

 

 

 

 
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