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6. GRACIAS POR TU PAPEL, DUALIDAD.

En el momento que el ángel se sumergió de manera voluntaria en la Tierra y se adentró en el vientre de una madre para habitar un cuerpecito llamado feto, comenzasteis vuestro trabajo en la Tierra. El aura del planeta os abrazó con su alma y os entregó la arcilla, la materia para formar vuestra envoltura, y fue en ese instante cuando vislumbrasteis la envergadura de vuestra misión.

Éste es un recuerdo con aromas sagrados que muchos de vosotros revivís, sobre todo, aquellos que a ratos buceáis en la Conciencia Amor. En efecto, sentís el gozo de aquella Unidad que hace de los amores del mundo un pálido reflejo del gran Amor que representa la Unidad, y aceptáis, libres de dudas o miedos, vuestra venida. Algunos llegáis a expresar con un susurro: “La muerte nunca existió; ahora sé quién soy”. Por eso, tenéis la sensación de que vuestro camino no es una ida sino un retorno, y que los aprendizajes sólo sirvieron para apartar las piedras del camino.

A la llegada, la dualidad.

A medida que se aproximaba el parto, la dualidad se definió más. Dentro del vientre de vuestra madre captabais con la percepción de los ángeles las emociones de mamá, sus vaivenes como consecuencia del parto inminente; oíais hablar a vuestros padres, hablar bien o hablar mal, y sentíais sus pensamientos como si fueran algo nuevo en vosotros.

Cerrad los ojos. Papá acariciando la cara de mamá, uno con sentimientos opuestos, otra inquieta por algo. Mamá expresaba ondas de alegría y de tristeza, de miedo y valor antes del alumbramiento; alumbramiento es una palabra que deberíais cambiar por enterramiento, porque alumbrar lo que se dice alumbrar no es, por lo menos desde el punto de vista del nuevo ángel que llega con un cuerpecito en evolución. Y cuanto más la comprendíais a ella, vuestro espíritu más se mezclaba, porque el organismo de huesos y sangre también había comenzado a desarrollar su propia conciencia, la de la Tierra, que había aportado sus arcillas físicas y etéreas para que el bebé creciera.

Este era como una esponja que absorbía no sólo los nutrientes que penetraba a través del cordón umbilical, sino decenas de fuerzas a las que ahora le llamáis sentimientos o energías primarias de la Tierra, y hasta de la humanidad.

En cualquier caso, y suponiendo que vuestro nacimiento se esperase con alegría, el espíritu que sois, sin principio ni fin porque está al margen del tiempo y del espacio, quedó envuelto del aura densa de la Tierra, arropado por un vestidito espeso de carne llamado feto. Esa separación de la Unidad produjo el primer dolor de su existencia. A partir de ese momento y a lo largo de vuestra vida cualquier dolor vendría representado por la separación de algo, como una reminiscencia de aquella primera separación.

Pero, ¿qué era aquello de la vida? ¿Qué era aquello de experimentar la dualidad que tanto había escuchado? No lo sabíais, pero percibíais.

El espíritu que había entrado dentro de un cuerpo en evolución dejaría de saborear algo que había sido natural para él: la paz dinámica, la armonía de las dimensiones quinta, sexta, séptima…, dimensiones celestiales, también las danzas de la unidad; a cambio, su conciencia se iba desplazando del ángel hacia el cuerpo, a veces mezclándose como un tinte de color violeta en un vaso de agua, cayendo en el olvido y aprendiendo a relacionarse con la dualidad, dualidad cuya causa estaba en la separación, separación que se convertía en dolor, y dolor que obligaría a futuros aprendizajes para escapar de ella y regresar otra vez a la unidad, como si no hubiera más remedio que completar un círculo sagrado, ¿quién sabe durante cuánto tiempo?

En cualquier caso, mientras buscabais teníais por fuerza que apartaros o transformaros a sí mismos, y mientras lo llevarais a cabo, ignorabais que, en realidad, lo que estabais haciendo era iluminar con los amores del mundo y bastante ayuda invisible aquello que la humanidad había designado con nombres claros para las arcillas: ira, miedo, orgullo, lujuria, miedo...; estas fueron vuestras arcillas.

Y llegó el olvido.

¿Qué madre no miró a los ojos de su bebé antes de que comenzara a hablar y contempló en ellos una profundidad insondable al tiempo que se preguntaba: “Pero, ¿quién eres tú?”? Cerrad los ojos y recordadlo.

Durante el primer año, y antes de que comenzarais a hablar, ibais olvidando, no por error, sino por necesidad. Aunque, bien sea dicho que en el presente, esta situación está cambiando porque el planeta está alcanzando un punto crítico en la conquista del Plan. Cada vez aumentan las excepciones. Así, se ha escuchado a más de un niño afirmar con pesadumbre “yo no debería haber venido”, incluso, qué padre no puede contar cómo sus hijos, muy pequeños, vieron a familiares ya fallecidos en algún lugar de la casa, o jugando durante horas con algún “amigo invisible”. ¿Vendrá de ahí la tradición navideña del hermano invisible? ¡Un hermano desconocido que os regala! ¿Será la otra parte del Niño Interior? Si antes del segundo año la Tierra no ha envuelto con sus miedos de la civilización a ese Niño Invisible es posible que el niño aún disfrute durante ese tiempo del contacto con el estado de Unidad.

Una de mis hijas, con tres años, vio en la cama a un hombre que estuvo parte de la noche observándola con una sonrisa. Era un hombre a quien no había conocido y de quien expresó varios detalles que nadie había contado jamás. Cuando ella nos señaló en una foto quién era el hombre, nos quedamos sorprendidos. Era el abuelo, el padre de mi esposa y que mi hija, lo mismo que yo, en ningún momento conoció. Aquella noche estoy seguro que él le habló y ella no sintió miedo porque aún tenía parte de su conciencia de ángel sumergida en el mundo del Espíritu. A mi hija le pareció natural aquella presencia. De todas formas, en casa interpretamos que la adoración que tenía el abuelo por su hija, la primogénita, mi mujer, hizo que se presentara ante el lecho del primer fruto de su hija. Estoy seguro que mi hija recibió un mensaje de su abuelo que olvidó y que quizá desvele con algún propósito mágico cuando sea una mujer madura.

De todas formas, lo normal es que los padres pronto corten esa comunicación con palabras y frases del tipo “imaginaciones, niña”, “qué curioso es todo eso”, “tómate la leche y deja esas tonterías”, y envueltas en las frases vaya diluida la dosis de miedo del padre, más la de la madre, que es lo que ellos también heredaron de pequeños. El niño lo capta y en ese momento el miedo penetra en él, actuando a la perfección en lo que se refiere al olvido. Por eso, los niños que más “ven”, son los que menos miedo tienen –aunque los hay que conviven durante un tiempo con ambos, hasta que el miedo se impone a la visiones–. Ah, el miedo, el miedo es una de las herramientas más eficaces para olvidar, en parte barro etéreo de la Tierra que también se deberá transformar cuando llegue el momento de la Gran Búsqueda.

Otra de esas herramientas eficaces para favorecer el olvido fue la identificación con alguien cercano. Ya no os dejará hasta que os marchéis de la vida. Siempre querréis pareceros a alguien. En la medida que os identificasteis, bien por imitación, o bien por simpatía, ibais rechazando a otros, aumentando vuestra autonomía y, por supuesto, entrando en la dualidad.

Así, pues, los inicios del Plan funcionaban. Pero había algo más interesante dentro del proceso. Al identificaros con muchos de los que estaban fuera de vosotros los hacíais vuestros. La nueva personalidad no estaba constituida por un solo yo, sino por decenas de ellos que iban conformando vuestra manera de ver el mundo, un poquito parecida a la de papá, otro poquito parecida a la de mamá, a la de la abuela… Por cierto, numerosos psicólogos y psiquiatras, por fin, defienden la idea de que un individuo está constituido por múltiples personalidades. Y cada uno usará diferentes personalidades según qué contexto. Para resolver los problemas cotidianos usará los yoes de papá; para defenderse de los problemas más gordos, los yoes de mamá. Quizá tenga una habilidad natural para el canto, que son los yoes de la abuela materna.

También intervino de manera perfecta en el reino del olvido otro aprendizaje, el de las comparaciones y los juicios. Se lo debéis a vuestros padres y a los familiares que convivieron con vosotros. Una gran lista de calificativos, de lisonjas, de expresiones de ardor y pasión por vuestra venida os fueron separando un poquito cada día, incluso creando más yoes en vuestro interior. Así, poco a poco, el reino de la Conciencia Amor lo ibais cubriendo de sustancia terrestre, de todos aquellos yoes con los cuales os identificasteis, con los de papá, con los de mamá, con los del hermano mayor, con el perro, con el del árbol… Cada vez que un padre expresó, con el mejor amor humano, “¡qué bonito es mi niño!, ¡eres el más guapo del mundo!, ¡qué ojos tan hermosos!, ¡eres más listo que él!, ¡no te juntes con ese niño!, realizó con sus comparaciones y sus juicios su trabajo a la perfección, y el papel de sumergiros en el olvido, y, por ende, en la dualidad, se completó a marchas forzadas.

Si en vez de expresiones positivas, el niño soportó una experiencia negativa durante años, entonces el trabajo de inmersión fue más profundo e importante para el Plan, que es lo que soportasteis la mayoría de los que poseéis una evidente inquietud por lo espiritual y por la transformación. Es parecido a las raíces de numerosos árboles: cuanto más penetran en la tierra, mayor altura del tronco. De todas maneras, todo es perfecto: lo más probable es que el ángel o Hijo de Dios, el Niño Invisible, en su “plan de vuelo”, y antes de aterrizar en el vientre materno, lo tuviera todo previsto. Es como una semilla: sabe muy bien qué tipo de árbol será.

Y comenzó la búsqueda de algo llamado felicidad.

En lo profundo de vosotros se oye una voz lejana que deseáis entender. Es un eco grabado en vuestra memoria, que no es más que una resonancia, una memoria remota de que ese estado tan maravilloso de Amor, de plenitud y conquista existe. Pero, ¿dónde? A ese murmullo lo nombráis como felicidad.

Y detrás de cada una de vuestras acciones existe una búsqueda incansable hacia ella. Quien escala el Everest busca ese recuerdo, quien participa en el París-Dakar, lo mismo. Los ecologistas, ¿no resonarán con algo relacionado con el amor y el respeto por aquel estado? Y el terrorista, ¿no buscará de manera distorsionada la instauración de aquella justicia perdida donde todo era sagrado? Quien se enamora, ¿qué busca sino su otra parte? Quien experimenta la embriaguez y primera liberación de ataduras gracias a la ingestión de alcohol, también persigue esa dicha porque desea escapar de la infelicidad, aunque ignora que, cuánto más lo pruebe, más se sumergirá en la densidad de la materia, en la dualidad; y no por error o por pecado, sino quizá para cargar con las arcillas de otros, quizá para desarrollar alguna maestría, o para compartir la carga con alguien, o para liberar a sus antepasados, los que depositaron generación tras generación la misma carga de arcilla. Por eso, ¿cómo podríamos juzgar a nadie? ¿Qué sabéis de los planes de vuelo de nadie?

Toda esta búsqueda de la felicidad no es más que el recuerdo latente de aquella otra Felicidad que nada tiene que ver con el premio, sino con un estado natural, con la experiencia sublime de sentirse uno con el Universo y de haber estado en algún momento colmado de Amor. Es más, el hombre que tanto vuela y crea durante estos días, en realidad resuena con aquella capacidad de crear, o, mejor aún, sabe en lo más profundo que poseía el poder de jugar con la luz para construir mundos.
Y, por eso, suele ocurrir que cuando se conquista en la vida un pequeño trozo de esa felicidad menor, pronto se apaga el fulgor y comenzáis con un nuevo reto. Y así, el ser humano, sin saberlo, mientras encuentra el camino hacia su Hijo de Dios, o su ángel, no tiene más remedio que ir removiendo, recogiendo y transformando todas las arcillas que se encuentra a su paso, unas más limpias, bien clarificadas; otras, más turbias; arcillas incluso de muchas generaciones precedentes con las cuales cargasteis, algunas con reflejos y colores realmente hermosos, muy bien depuradas y cercanas a la luz del Hijo de Dios.

Así que ¿cómo vamos a condenar nada de este mundo, si este mundo es la materia prima del Plan de Transformación Planetaria? ¿Cómo vamos a condenar y a dejarlo abandonado como si fuera una estación de trenes? Hasta que no hagáis el trabajo todo será dualidad. Ella es el barro chorreando líquido sobre el torno. Si aún no lo habéis hecho, meted las manos y dadle forma para que la vasija pronto la podáis introducir en el horno sagrado del Amor.

Josemaría Garzón
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