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5. EL NIÑO INTERIOR, ENTRE
EL CIELO Y LA TIERRA.
Crecisteis
y llegó el momento en
el cual una voz resonaba dentro
de vosotros. Os llamaba. A veces,
se quejaba. A menudo salió
a la superficie de manera extemporánea,
sin ningún control, proyectándose
fuera (así es la mente,
y con ella el ego: jamás
se miran).
Al pasado, como fue doloroso,
no queréis volver. Sin
embargo, está guardado
en la memoria y, aunque ya no
existe, sigue ejerciendo su
poderosa influencia, hasta el
punto de que algunos de sus
rincones desprenden un olor
de rechazo. Llamamos niño
a lo que por una parte está
indefenso, abandonado, necesita
atención, a la parte
externa de aquel otro Niño
Interior cuyo cuerpo de luz
lo fueron vistiendo con ropajes,
y lo cubrieron con viejas vestimentas
de sus padres, de sus abuelos,
de sus ancestros, con la herramienta
de la educación y con
el fin de perpetuar una cultura.
Ese Niño enterrado guarda
la Conciencia intacta del Amor,
él es otro Hijo de Dios
que vino a hacerse cargo de
su trabajo particular en la
Tierra. Recordadlo, cerrad los
ojos y respirad porque así
sois. Y él es el inocente,
puro y eterno.
¿Y
para qué?
Ese
otro Hijo de Dios, ungido de
Luz y de Amor espera a que la
otra parte de sí mismo
que le entregó la Tierra
y que se ha sentido siempre
separada de Él crezca
y avance merced a los amores
del planeta.
Él espera de vosotros
sólo un poquito de voluntad
para que le ayudéis a
la parte que es de la Tierra
a crecer, a aumentar la vibración
lo suficiente como para que
pueda acercarse y llegar a fundirse
con el Hijo de lo Divino. En
un principio, Él no hará
nada, porque si diera un paso
sin vuestra voluntad provocaría
más daño que otra
cosa.
Sin embargo, cien pasos, un
millón, dará cuando
vosotros lancéis la primera
pierna hacia adelante; y ya
sabéis: el primer paso
se llama Sí, quiero.
No podéis hacerlo mientras
no elevéis vuestra vibración
con amores del mundo, que son
notas armónica del otro
Amor. El Hijo de Dios que existe
dentro de cada uno no puede
hacer nada si lo de fuera no
se transforma, porque quemaría
las conexiones vitales con lo
biológico, incluso podría
extinguir la vida de vuestro
cuerpo, como le sucedió
al eremita. ¿Conocéis
aquella maravillosa historia
en la que un eremita suplicó
durante años a Alá
que le permitiera saborear una
porción infinitesimal
de su Amor? Cuando Alá
accedió a darle una fracción
aún menor, probó
el éxtasis divino del
Amor puro. Pero, a la mañana
siguiente sucedió algo.
Una mujer le llevó un
poco de comida a la cueva y
se encontró al eremita
muerto con una sonrisa en los
labios. El pobre anciano no
había soportado un voltaje
tan alto en su cuerpo, y eso
que la porción de Amor
divino con la cual Dios le obsequió
era una ínfima parte
de lo que él había
pedido.
Este eremita me recuerda algo
que, por suerte para mí,
o por ayuda inesperada, no acabó
en un drama. Yo era joven cuando
comencé a buscar lo divino
dentro y no fuera. Lo cierto
es que tuve una experiencia
de proporciones cósmicas
cuando comencé con la
técnica de la meditación
trascendental. Un día
observé debajo de mi
Ser el borborito de mis pensamientos,
como si fuese agua hirviendo
en una olla dentro del cerebro.
Cuando lo contemplaba me pregunté
quién era yo, porque
estaba claro que el cuerpo que
observaba debajo de mí
no tenía la conciencia
en ese momento y, sin embargo,
algo mío estaba sentado
sobre el suelo, con la piernas
cruzadas y con la olla mental
en plena ebullición.
Por aquel entonces salía
del cuerpo a voluntad, veía
en la gente, no sólo
sus conversaciones sino sus
propios pensamientos. Descubrí
una percepción tan diáfana
y penetrante que la vida ordinaria
me pareció un sueño
pesado y triste.
En
realidad, mi estado de ánimo
era el de escapar, escapar de
la vida, sin saber que cuanto
más escalaba por los
reinos de la conciencia, allá
abajo, en un planeta, la vida
me retenía por necesidad.
Fue entonces, cuando otro día
cualquiera durante aquellas
prácticas que se convirtieron
en obsesivas, quise ver a Dios
para fundirme con él
y pegar carpetazo en el mundo.
Y algo parecido me ocurrió
cuando me vi fuera del tiempo
en el centro del Universo. Lo
contemplaba todo de manera simultánea:
el delante, el detrás,
el arriba y el abajo, como si
careciera de cuerpo y solo tuviese
un ojo esférico, en un
estado de plenitud inefable.
La oscuridad del cosmos comenzó
a rasgarse de la misma manera
que cuando se corta una tela
aterciopelada con la cuchilla
de un cútex enorme. La
incisión, que era limpia
y recta, abarcó una distancia
colosal, yo diría que
de años luz. La herida
en la tela provocó una
abertura a través de
la cual comenzó a salir
un resplandor formidable, aunque
yo contemplaba sólo el
extremo de algo que presentí
como de proporciones galácticas.
Aquella visión de lo
que yo creía era el borde
lejanísimo de un núcleo
más potente de luz y
que no podía ver porque
quedaba oculto al otro lado
de la tela cósmica no
me provocó miedo, sino
una descarga insoportable. Escuché
algo que decía: “Aún
estás conectado a tu
cuerpo terrestre, que está
allá abajo esperándote,
y si no eres capaz de soportar
los extremos de este Ser Infinito
de Amor, ¿cómo
vas a soportar su Centro?”.
Esto sucedió en un instante
imperceptible, pero lo suficiente
para escuchar, comprender y
sentir que aquellas primeras
ráfagas de luz me estaban
achicharrando. Algo o alguien
tiró de mí hacia
atrás. Retrocedí
a la velocidad de la luz buscando
mi cuerpo. Cuando entré
en la funda de carne, sentí
un impacto brutal en la cabeza.
Luego, en la Tierra, durante
tres meses estuve enfermo, con
la visión desdoblada,
como si tuviera una doble conciencia.
Los médicos no comprendían
la causa de tanto dolor de cabeza,
tanto agotamiento, ni el color
amarillo de la piel y de la
esclerótica de los ojos.
Aquella ictericia carecía
de explicación.
¿No lo comprendéis?
La parte externa del Niño,
con su biología de la
Tierra y emociones espesas aún
era barro denso para semejante
poder.
El Hijo de Dios que sois puede
enviaros, por el contrario,
los mejores guías para
que os enseñen a volveros
maestros en el arte de la transformación
interna, la de la Tierra, a
través de la meditación,
de la contemplación,
de las relaciones positivas,
trabajando los amores del mundo,
o con el perdón que libera.
Estas son algunas de las técnicas
del niño externo para
acercarse al Hijo de Dios.
Pero las técnicas no
incumben al Hijo de Dios que
sois; Él no las necesita
porque no está sujeto
a evolución, ya es perfecto,
vive en la Unidad, en la Conciencia
Amor, y no pertenece al tiempo.
¿Cómo
empezar?
Antes
debe existir en vosotros un
mínimo de voluntad, si
no es así, quien decide
es la curiosidad movida por
el ego, el mejor de los barros,
pero ello os llevaría
a los enganches, a la manipulación,
vuestra o de otros, al adoctrinamiento,
al desequilibrio, a la dependencia
en el mejor de los casos. En
el momento que aceptéis
al niño que clama y al
que otros entierran porque lo
llaman pecador, culpable, karma
o equivocado, comprenderéis
vuestro cometido, su verdadero
valor.
Así pues, ¿qué
estáis transformando?
Transformáis todo lo
que os encontráis a vuestro
paso con el propósito
de fusionaros con Él,
transformáis las arcillas
etéreas de la Tierra,
el mismo barro con el cual Dios
formó a Adán y
luego, con su soplo creador
le dio vida, la verdadera vida
del Espíritu, con la
cual iluminó la materia.
Muchos aspectos sutiles de vuestra
aura, como son las energías
que la Tierra os prestó
para confeccionar el cuerpo
de carne, son, en comparación
con su cuerpo de Luz pura, barro.
El barro que se menciona en
el Génesis de la Bíblia
no es literal, sino algo muy
espeso en comparación
con el Ser que lo toca. ¿Y
qué se podía hacer
con ese barro sino un cuenco
con brazos para hacer, corazón
para sentir y mente para pensar?
De todas maneras, lo importante
ahora es cómo alcanzar
ese estado desde aquí.
“De cierto os digo que
si no os volvéis y os
hacéis como los niños,
jamás entraréis
en el reino de los cielos”.
Que es lo mismo que decir “transformaos
en algo parecido a lo puro,
creador e inocente para entrar
en la Conciencia Amor”.
¿Cuándo vais a
hablarle a vuestro niño
perdido con afecto? ¿Cuándo
vais a dialogar con él
delante del espejo para que
poco a poco vaya dejando los
rincones oscuros de vuestro
pasado? ¿Cuándo
le vais a cantar con amores
del mundo para que crezca sano
y soporte la luz y el voltaje
extraordinarios del Hijo de
Dios, que está deseando
que os entreguéis para
jugar a crear?
Ahora
comprendo aquel mensaje que
recibí hace años.
“Mi
papel está en ayudarte
a ascender para que la Divinidad
que habita en ti descienda.
Podéis llamarlas pruebas,
misiones, karma, expiación,
como prefiráis, pero
el verdadero trasfondo es el
de construir la parte del puente
que te corresponde desde tu
orilla de conciencia, sabiendo
ya, como sabes, que la otra
orilla levanta su parte, y que
ambas son la misma cosa, el
mismo ser de conciencia Única,
nunca algo ajeno que llega para
acoplarse”. Jesús.
Josemaría
Garzón
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