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3. SÍ, QUIERO.

Avanzad con un pensamiento positivo. Con esa actitud el camino será más fácil. Ello favorecerá al Espíritu de Dios y os ayudará en la búsqueda de ese Hijo de Dios que hay dentro de vosotros. El Espíritu de Dios realizará su trabajo y vosotros el vuestro, con las técnicas de transformación positiva que habéis aprendido en el pasado: meditación, oración, yoga, silencio, conocimiento, retiros, tal vez el trabajo en una ONG. A medida que la luz avance por todas las habitaciones cerradas de vuestra alma, se removerán bastantes cosas, dentro y fuera, y lo del exterior deberéis mirarlo como un símbolo claro de lo que pasa dentro, sobre todo con los familiares, que son los principales reflejos de vuestro interior.

En ese momento, lo positivo, la entrega y la aceptación ablandarán los viejos apegos. Ser positivo apartará los miedos que os dominaron, miedos que os hicieron creer que la seguridad y la felicidad eran lo mismo. Por lo tanto, os inducirán de manera sibilina a que busquéis seguridad en vez de felicidad, que la felicidad es un engaño, pues, si sois culpables, cómo vais a merecer bendiciones en este “valle de lágrimas” ¡Qué engaño!Ser positivo espantará las dudas, que también son hijas del miedo. Ser positivo os permitirá localizar la meta, y ese ideal ejercerá un poder de atracción semejante al de un imán para que no seáis seducidos por lo ajeno. Ser positivo unirá las partes en conflicto que hay en vuestro interior, un proceso natural que se llama reconciliación.

Y cuando estéis a las puertas del Reino del Hijo de Dios que sois, entonces el Espíritu de Dios, tal vez Jesús o cualquier guía instalado en vuestro corazón, os empujará para que respondáis a la llamada del niño dorado, el Hijo de Dios al que buscáis dentro. Habrá mucha zozobra en otras partes de vuestra alma porque mirarán hacia atrás y parecerá como si el camino de retorno se hubiera borrado. De todas maneras, la parte transformada llamará una primera vez a la puerta del Reino de la Luz donde se halla resplandeciente el Hijo de Dios y no se le abrirá. ¿Sabéis por qué? Porque primero deberéis pronunciar con claridad y fuerte impostación:

SÍ, QUIERO

No os preocupéis por el cuándo. Será en un momento elegido por el Espíritu Santo. Sucederá donde mayor compromiso se os exija: antes de una conferencia, haciendo deporte, en mitad de una boda, a solas, tal vez en un momento de solemnidad.

Las partes del ego más densas, las que aún están sumidas en la dualidad, deberán escucharlo con claridad para que a partir de ese instante el verdadero Espíritu Santo, del que huyen, tome las riendas de vuestra evolución y su Luz avance como el agua por el cauce seco de un río, apartando la maleza, los troncos secos y las rocas más pesadas.

Cuando digáis sin reservas Sí, quiero, en el lugar idóneo, ya no habrá vuelta atrás, la puerta se abrirá, el círculo se cerrará y los opuestos que causaban conflicto se integrarán en uno solo, en el silencio de la armonía. Es el primer paso, el doloroso, aquel en el que tendréis que desclavar a vuestro Cristo interior de la cruz: ya no os identificaréis con Él, sino que buscaréis al resucitado, al luminoso, al puro.

Sí, quiero entrar. Sí, quiero que pases. Sí, quiero entragarme por completo. Sí, quiero. Todo comenzará a cambiar en vosotros. Con estas dos palabras el intelecto retrocederá, lo mismo que la razón, al lugar apropiado que les corresponde. La técnica dará un salto hacia arriba y se os revelará con un nuevo sentido, o tal vez, la desecharéis porque os toque contemplar la unidad en los que os rodean, libre por fin de los análisis y de los juicios. Y en la medida que avancéis y seáis positivos, el Espíritu de Dios avanzará de manera exponencial, y entregará más y más dones, y os traerá nuevas personas a vuestra vida.

Conocí a un psicocirujano que cortaba la piel de sus pacientes con un bisturí, pero no llegaba a rozarla con el metal. Extraía las vísceras para curar el cáncer y arreglaba las vértebras soldadas. A los tendones los llamaba cuerdas y las palabras apenas salían derechas de su boca cuando debía explicar al paciente el nombre de una enfermedad o un remedio. No tuvo cultura de hombres con razón y miedo, pero decía que su Ser, o lo que él entendía como la parte de Dios que había en su corazón, era quien "sanaba a quien tenía que sanar". Si hubiese tenido un intelecto muy desarrollado y este hubiera tomado las riendas, quizá hubiera realizado otros trabajos importantes dentro del mundo de los hombres con razón y miedo, pero el de atravesar la materia con sus manos no. ¿Hubiera encontrado Dios el camino despejado para buscar otra parte de Él en otro cuerpo diferente al del psicocirujano? ¿Hubiera encontrado Dios en él un camino libre para sanar de esa manera tan milagrosa? Para que su Ser, como él lo llamaba, actuara a través de sus manos, de su mirada y de su voz, primero tuvo que introducir la llave del Sí, quiero en la cerradura de la puerta del Reino y esperar a que se le abriera para que el Gran Anfitrión pasara.

Después de haber pronunciado el Sí, quiero, seréis medidos para comprobar si lo habéis expresado con la razón o con el corazón. No porque Dios castigue el engaño, sino porque la razón, que esta conectada al cuerpo físico vital sufriría tal impacto debido al campo de Luz que el cuerpo quedaría sin vida. Entiéndelo como una protección antes que una barrera, porque Dios jamás buscaría tu daño.

Si la parte del alma que ha atravesado la puerta lo ha hecho con el corazón, en muy poco tiempo recibirá los primeros dones, apropiados para el maravilloso Trabajo consciente que emprenderéis a partir de ese momento. Los dones son infinitos: de lenguas, de sanar a través de la voz, de unir a personas, de la imposición, de organizar, de mediar en conflictos. Hay tantos dones para los del Sí, quiero... Pero pensadlo bien, todos son de Dios. Es Él quien actúa y no vosotros. Tampoco penséis en un cambio de trabajo, ni que debáis retiraros como los ermitaños hasta una gruta. Ya no; ahora el trabajo está en el presente.

Lo divino proseguirá y se expandirá por la funda humana como si fuera una mano calzando un guante. Actuará con sumo cuidado, valorando qué clavo quitar primero y cuál después para no dañaros mientras os libera. Por dentro se os removerán las entrañas: los anillos del ego, que son como las capas de cebolla aferrándose unas con otras porque temen la extinción o creen ver pruebas terribles, se aliará con todo lo que pueda a su alrededor para que la pequeña voluntad que está creciendo sin parar retroceda, o bien, tropiece con las mismas piedras de siempre para que quede oscurecida por una realidad negativa y separadora. Pero, ah, es el miedo que todo lo ciega porque nada de eso será, ignora lo consoladora que es la Voz del Creador y cómo ese gozo cada vez más va disolviendo el velo. Ya no habrá nada que lo pare, aunque la apariencia sea de retroceso. Cada vez más partes se transformarán dentro de ti, así hasta llegar al diez por ciento necesario, el diezmo que debías entregar, pero ahora no a otros, sino a ti mismo.

Pronto clamaréis el SI, QUIERO para que disfrutéis de la libertad de cocrear con Dios allí donde os encontréis, en vuestro trabajo, en la montaña, en la reunión, en la familia, en vuestro interior.

SÍ, QUIERO

¿Cuándo vas a comenzar el Camino Consciente? ¿Ya? Pues pide al Espíritu de Dios la oportunidad de expresarlo y él decidirá el momento oportuno.

Para entonces, prepara por escrito tu frase con el sí, quiero, tu compromiso. Alguien la escribió de esta manera: Padre, sí, quiero. Sí, quiero entrar en tu Reino que está en la Tierra. Sí, quiero, que me abras la puerta y prepares el camino para que yo pueda llegar hasta ti. Sí, quiero ser intrumento de tu Plan. Sí, quiero entregarle a tu Voluntad la mía. Sí, quiero.

Otra persona, abrió los brazos al cielo, cerró los ojos y sólo pronunció: Sí, quiero.

Josemaría Garzón.
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