|
2. EL CIELO ESTÁ EN LA
TIERRA.
Si
observáis vuestros pensamientos,
comprobaréis que, desde
por la mañana hasta que
os dormís, enjuiciáis
todo aquello que se os pone
por delante. Esa es una rutina
viciosa de la que podéis
escapar porque os hace muy infelices.
Una actitud semejante siempre
está en continuo conflicto
porque procura calificarlo todo
en términos duales, es
decir, cualquier persona o circunstancia
será buena o mala; si
es una acción, acertada
o errónea; si es un amigo
o compañero de clase,
generoso o egoísta, cani
o pijo, activo o perezoso, negros
o blancos, hispanos y anglosajones,
oriente y occidente; profesores
simpáticos o antipáticos;
países del hemisferio
norte y del hemisferio sur;
agradable, desagradable. Incluso
los fenómenos de la naturaleza
los valoráis como buenos
o malos según las necesidades
personales: lluvia que me estropea
la salida de esta noche, lluvia
generosa que atenúa la
sequía.
Así
funciona cualquier moral. Pero
hasta que no seáis capaces
de superarla y escapar de cualquier
otra moral basada en la dualidad
de los opuestos no atraeréis
el Cielo, que es el mismo para
todos los humanos porque está
basado en la Unidad.
La moral es propia de un planeta
basado en la dualidad, una dualidad
que crece con los juicios, juicios
que más y más
os separan a unos de otros,
que más y más
os separan de la naturaleza
y que más y más
os separan del Ser que os sostiene.
Pensar que en Dios pueden coexistir
opuestos iría en contra
de su naturaleza divina, de
su unidad, de su magnífico
juego, basado en las danzas
de la integración, de
la complementación, de
la armonía y de la belleza.
Existe un experimento sencillo
para comprobar dónde
estáis: observad la naturaleza,
la de la Tierra y la del Universo.
Si vislumbráis una lucha
entre opuestos, o del más
fuerte sobre el más débil,
es que aún vivís
en un planeta dual; si contempláis
los mismos hechos y en ellos
descubrís la complementariedad,
un plan sutil, la armonía,
es que penetráis ya en
el Cielo, pero no en el del
más allá, sino
aquí, en la Tierra, y,
por ende, lo estáis aflorando
desde vuestro interior para
instalarlo en la materia, que
es el propósito para
el que vinisteis todos, niños,
animales, árboles y hasta
piedras.
Se
dijo por todos los rincones
del planeta que para alcanzar
el Cielo había que practicar
una moral intachable –no
se sabe cuál de las muchas
que existen en los cinco continentes–,
pero quienes divulgaron eso
es que aún desconocían
la esencia del Cielo. Tomaron
la Tierra como un lugar sometido
a un tránsito perverso
y no como una misión.
En realidad, el descubrimiento
del Cielo no exige de ninguna
moral porque siempre existió
dentro de los humanos y el premio,
por tanto, jamás dependió
de ninguna conducta basada en
normas estrictas, sino de un
deseo profundo por comprender
y de aceptar el cumplimiento
de los tiempos.
Detrás de toda moral,
por imperiosa que os la muestren,
existe un ego que conoce y maneja
bien los hilos para afianzarse,
esconderse o derribar cuanto
represente una amenaza para
él. Su principal arma
es el juicio. Y así justifica
que su dios es el verdadero
y no otro. Recordadlo: el cielo
de unos se convierte en el infierno
de otros, y según quién,
en qué cultura, pueblo
o ideología, medirá
a las gentes con la vara de
ese dios engendrado por elego,
ego que creó hasta su
propia religión.
Os cuento esto para que seáis
conscientes de que hombres duales
crearon siempre dioses duales,
dioses separadores, una creencia
que es la mayor causa de dolor
y sufrimiento sobre la Tierra,
porque continuamente son creencias
basadas en premios y castigos
que separan a buenos de malos.
Pero ya os he dicho, el que
es bueno en un lado, es un demonio
en otro. Y no por estas palabras
cualquiera de ellos es imperfecto
o está equivocado; en
realidad, cumple con su propósito
de transformación planetaria
y lo lleva a cabo dentro de
un plan oculto a sus ojos físicos.
Mientras haya un sólo
juicio que excluya en vuestro
corazón a uno de los
vuestros, no seréis conscientes
del Cielo que hay en el interior
del corazón. Aunque os
pertenezca ese Cielo, aún
no lo sacaréis para instalarlo
en la Tierra, porque no existe
ningún premio ni recompensa
que os garantice ningún
Cielo, pertenezcáis a
la religión que pertenezcáis
o a la ideología que
sea. Si en ese Cielo no están
todos vuestros hermanos, vuestros
amigos y enemigos, que vinieron
al igual que tú para
hacer un Trabajo Sagrado, pero
aún no desvelado, entonces
estaréis realizando la
función, pero desde la
oscuridad, y el dolor seguirá
siendo vuestro acompañante
fiel.
El Cielo es otra cosa diferente.
Os habían expresado que
para ganar esa recompensa teníais
por fuerza que sufrir y que
no había manera de entrar
en él si no ibais al
más allá, es decir,
si no moríais antes.
Ese pensamiento obedece al gran
ego de la humanidad, al viejo
inconsciente colectivo de la
humanidad que la raza humana
alimentó durante milenios
y que se resiste a aceptar cualquier
cosa que no sea la separación,
los juicios y los ataques permanentes.
Dios no es un caprichoso y perverso
ser que os envía para
sufrir, para recibir hostigamiento
en vuestra familia, en vuestro
instituto o en el trabajo, sobre
todo, porque vosotros sois pequeñas
fracciones de Dios. Es el ego
quien te habla de un dios que
te manda enfermedades, orfandad,
la pérdida de un padre
o un hijo, o soportar la peor
injusticia en el seno de vuestro
lugar de trabajo. Es el ego
quien te hace culpable de tus
errores. Al ego le interesa
construiros un dios con esa
justicia dual porque de esa
manera él seguirá
ejerciendo su poder sobre vosotros.
Siempre dirá: “¿Veis?
Como sois culpables jamás
mereceréis Su atención,
por eso Él os castiga”.
De esa manera, vuestro propio
ego ocultará la intensa
luz y el enorme poder creador
que poséis dentro, un
poder divino.
Cuando apliquéis la filosofía
del paraqué, la mitad
de vuestra felicidad en la Tierra
estará conseguida. Aquí
os expongo una pincelada de
ese nuevo sistema de pensamiento,
que es el pensamiento de todos
los entes del Universo Superior:
Por ejemplo, recibirás
respuestas cada vez que te preguntes
para qué. No busquéis
culpables fuera de vosotros,
porque, ¿quién
os dice que no estés
cumpliendo procesos que sólo
vuestro inconsciente conoce?
¿Quién os dice
que en lo más sagrado
del alma vuestro dolor no sea
en realidad más que una
carga compartida con alguien
–quizá de alguien
a quien llamáis enemigo?
¿Quién os dice
que vuestro dolor no sea más
que una depuración de
energías
de algún alumno, de alguna
amiga que se ha convertido en
vórtice de energías
primarias y no soporta tanto
peso? ¿Quién os
dice que no estéis sintonizando
con el dolor de algún
familiar a través del
cordón del estómago
o cordón solar? ¿Y
quién os dice que el
posible “error o pecado”
de él no sea más
que un señuelo para que
vosotros, al ayudarlo, uséis
por fin vuestros potenciales?
O que, en contra de las apariencias,
penséis que sois vosotros
los que vais a ayudarlo y, en
realidad, las circunstancias
os pongan frente a personas
que marcarán el resto
de vuestras vidas.
Estas preguntas responden a
la filosofía del paraqué,
que son las preguntas de la
Unidad. Esa filosofía
universal os desvela una función
en la Tierra que en muchos sentidos
se parece a una misión,
a una hermosa aventura y a un
juego.
Pero,
si estáis sumergidos
en la dualidad, estos procesos
los veréis como culpas
que os separan de otros, y os
preguntaréis “por
qué”, y a continuación,
qué regla de vuestra
moral transgredisteis. Hasta
los meditadores se siente pronto
culpables por no practicar con
regularidad su técnica
de meditación, o por
no madrugar lo suficiente, sin
comprender que la invocación
del paraqué a menudo
les ofrecería respuestas
plenas de satisfacción,
y llegarían a asentarse
no en el pasado, sino en el
presente, en el eterno ahora;
incluso vislumbrarían
el verdadero porqué o
la causa desde donde arranca
su situación presente,
comprobando que ellos, en otro
nivel de la personalidad, crean
las situaciones.
La moral dualista siempre pregunta
por el pasado, es decir, por
el porqué de las cosas,
dónde estuvo el error,
cuál fue mi pecado, “qué
he hecho para que me hagan esto”,
“me siento culpable”.
Por ese camino casi siempre
hallaréis una respuesta
que, por fuerza, os separará
de vuestro Ser Interior, de
la parte divina que hay dentro
de vosotros, sobre todo de vuestro
hermano, porque la culpa que
nace de la conciencia de que
erráis siempre provoca
mayor dualidad, es decir, siempre
produce mayor dolor.
Así
es como cada día, desde
por la mañana hasta por
la noche entráis en un
ciclo repetitivo donde os esforzáis
de manera incansable por buscar
una justicia que separa todo
lo que se pone por delante.
Eso sucede porque el ego establece
la premisa de que Dios excluye
a los que no cumplen con ciertas
normas, o lo que es lo mismo:
Dios o la felicidad son inalcanzables
y vosotros siempre tendréis
que pagar un precio alto por
vuestra imperfección.
Pero, ¡oh, maravilla de
la existencia! El Dios de la
Unidad obra el milagro y os
susurra con su Amor que vosotros
y Él sois lo mismo por
pertenecer a la Unidad. ¿Habéis
oído bien? Él
y vosotros sois lo mismo. Eso
es el Cielo, tomar conciencia
de la pequeña fracción
de Dios que sois, que vosotros
establecisteis un olvido necesario
para llevar a cabo el Trabajo
de todas las humanidades sobre
la Tierra, y que no teníais
que ir a ninguna parte, porque
la Tierra os ponía muy
cerca ese trabajo de transformación,
como he dicho, a través
de un amigo, de un familiar,
de un profesor. ¡Oh, maravilla
del Universo! El Dios de la
Unidad, el que jamás
juzgará, y si lo hiciera
siempre sería en vuestro
favor, solo os pondría
a vuestros pies no los porqués
infinitos y separadores, sino
los paraqués que os liberan
del tiempo, tanto del resentido
pasado como del futuro angustioso,
y que os unen a un presente
inmenso.
Pronto os sucederá y,
en ese momento, encontraréis
el verdadero río de la
vida, en el cual siempre navegasteis,
pero sin ser conscientes, solo
que ahora, jugaréis con
la corriente, os sumergiréis
para contemplar los peces de
colores y hasta contemplaréis
el cielo mientras flotáis
bocarriba. Al final desembocaréis
donde mueren todos los ríos,
en el mar de la Paz, que es
donde los ríos descubren
que nunca fueron diferentes
del mar, agua que al agua va,
y sin que por ello tengan que
morir, porque hasta en el mar
hay ríos.
Cuando deis el paso, seréis
como aquella alumna a la que
por votación la excluyeron
de su adorada pandilla y después
de preguntarse los porqués,
fue aguijoneada por su aparente
culpa. En un principio maldijo
en silencio a quien promovió
la votación, juzgó
a su mejor amiga y se sintió
culpable cuando se preguntó
la primera vez por qué.
¿Qué había
hecho ella para merecer aquel
castigo? Eso provocó
una separación que fue
en aumento, más cuanto
más insistía en
por qué su mejor amiga,
por qué hubo un instigador
y finalmente qué había
hecho ella.
Un día, mientras contemplaba
una puesta de Sol con lágrimas
en los ojos, una parte de su
alma se volteó en ese
instante hacia la luz del astro
cuando sintió la brisa
del atardecer sobre su piel
y olió los aromas de
la paz. En ese momento hizo
la pregunta perfecta: “para
qué”. Entonces,
aquella interrogación
la liberó y ejerció
un efecto mágico, tan
maravilloso que algo comenzó
a cambiar el orden de las cosas.
Alguien se le acercó
a la semana siguiente y la invitó
a que perteneciera a otra pandilla.
El tiempo pasó y aunque
soportó durante el resto
del curso los rigores de la
separación con los primeros
amigos, por fin experimentó
algo de Unidad al encontrar
un sentido, un paraqué:
“Debía ser expulsada
para que la aceptaran en la
nueva pandilla, un grupo en
el cual había crecido
una hermandad imperecedera”.
Luego descubrió nuevos
paraqués que la engrandecieron
más y más, tanto
al grupo como a ella. Y hasta
llegó a comprobar cómo
había desarrollado su
compasión cuando vio
que la separación que
practicaban en la primera pandilla
acabó por disgregarlos
a todos, sin que en ella hubiera
un signo de placer, sino de
aceptación y amor.
¿Qué preferís,
los porqués de la vieja
moral o los paraqués
de la unidad?
La vieja moral jamás
se preguntará por el
mensaje de una enfermedad, por
el mensaje de una compañera
insidiosa, agresiva, ladrona,
por el mensaje de un pariente
que os aguijonea a menudo. Es
más, siempre os lo señalará
como la mala recompensa por
vuestras culpas, y esa culpa
que te separa acentuará
el dolor, porque eso es el dolor
y no otra cosa: cualquier estado
de separación.
En
cambio, la moral del Universo,
que ya está siendo la
moral de muchos ángeles
humanos, está basada
en la unidad, en el Amor. La
moral del Universo conlleva
aceptar qué os reportan
o cómo os complementáis
con las personas que os rodean,
con las acciones que suceden
en vuestra vida. Qué
significa que la agenda haya
desaparecido. O como descubrió
aquel niño de tercer
curso de secundaria, cuando
perdió el móvil,
que su madrina, la persona que
se lo había regalado
necesitaba comunicarse porque
estaba sola (¿para qué
sirve un móvil si no
es para comunicarse?)
¿No
os parece maravilloso ser conscientes
del Trabajo? Los porqués
tienen su importancia, nadie
los niega, pero es un prodigio
descubrir los paraqués,
porque os sitúan por
fin en la vida, y llegáis
a entender vuestra función
en el entorno. Es un descubrimiento
tan consolador que con la práctica
os podéis sentir tan
estrechamente unidos al mongol
de Genghis Khan como al niño
moribundo de África,
porque gracias a la idea del
Dios Unidad os sentiréis
lo mismo. Esa es una de las
experiencias más grandes
que un ser humano pueda
sentir
antes de convertirse en ángel
humano. La Unidad. ¿A
caso no le duele a todo el cuerpo
una herida en la yema de un
dedo? ¿O cómo
no va a sentir todo el cuerpo
el placer de la brisa de la
tarde sobre el rostro?
En el momento que practiquéis
la filosofía del paraqué,
la dualidad se esfumará,
es como si jamás hubiera
existido. Desaparece la separación
con vuestros enemigos, con el
yerno, con el marido, o tal
vez con el “mal”
compañero de clase. Eso
no significa mirar para otro
lado, significaría, tal
vez, qué parte vuestra
deberíais trabajar, significaría
agradecer a la otra persona
el hecho de que se haya ofrecido
de manera inconsciente para
que vosotros veáis en
él vuestro interior.
Quién sabe: hasta serías
capaces de ejercer por fin vuestra
libertad y alejaros de su dolor
porque ya no os pertenece. Pero
el verdadero milagro a menudo
sucede de otra manera. Cuando
descubres el Cielo dentro de
ti, los que te rodean, o se
van o cambian, porque desde
la Unidad, ellos son la parte
de vosotros que no querías
ver. Pero si, por fin, esa parte
que veis fuera la descubrís
dentro y la transformáis,
¿cómo no iba a
cambiar fuera lo exterior si
todo es unidad, si el otro es
una proyección vuestra?
“¿A
que se parece el reino de los
cielos, Maestro? ¿Cuántas
veces hemos de perdonar? ¿Quién
peca más?”. Encandilados
por las respuestas y los milagros,
todos buscaban nuevas normas
que medían con la vara
de la vieja moral, basadas en
el juicio y la comparación.
Y Jesús, sumido en la
Unidad del Cielo, pero en la
Tierra, depositó en sus
corazones algo que la mayoría
de las veces resultó
difícil de aprehender,
porque sus respuestas los obliga
a saltar una y otra vez al vacío,
que es como se siente la dualidad
cuando le ve las orejas a la
Unidad, cuando se ve impelida
a juntar sus opuestos.
No creáis que las cosas
han cambiado mucho desde entonces.
Igual que ellos os levantáis
por la mañana con el
juicio y la comparación
en vuestra mente. Pero, sí
es cierto que ya esta surgiendo
el Cielo en muchos, aquí
en la Tierra, que es a donde
no le interesa al ego que surja
porque ello representaría
su sometimiento o su extinción.
Cada vez hay más ángeles
humanos. Están surgiendo
por todo el planeta como si
fuera una metástasis
positiva. El gran ego de muchas
religiones lo ve como el demonio
disfrazado, y el materialismo
se mofa unas veces y otras se
enfada. Es más, los desprecia
por su sencillez y vacuidad,
pero es ahí donde está
su fuerza.
Ahora pensad que el Cielo, o
la Unidad –que es lo mismo–,
está dentro de vosotros,
que no tenéis que ir
a buscarlo y que no hay razón
para que os culpéis por
nada, porque si sois una extensión
de Dios, también sois
como Él, perfectos
Josemaría
Garzón
www.artedeamarte.net
Aunque
todos los textos de www.artedeamarte.net
están protegidos por
la ley en cuanto a la propiedad
intelectual en el ámbito
internacional, se puede enviar
este texto y difundirlo por
los medios que se estimen oportunos
siempre y cuando no se haga
con fines de lucro. En cualquier
caso, al enviarlo, ten la amabilidad
de indicar la web y el autor:
es un pago justo.
|