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1. LA LLEGADA

Son las nueve y media de la mañana del sábado. Hace algo de fresco. Las maletas se escuchan por la acera y rompen el silencio de la calle porque las ruedas provocan un ruido semejante al estrépito de un avión en pleno despegue. Hay primero un saludo tímido, unos buenos días que os sirven para expresar un “aquí estoy”.

“Más mujeres, qué bien”, pensáis algunas. Los nuevos saludan con educación. Dicen su nombre y se presentan a Victoria, que hasta ese momento ha sido el único contacto conocido. Sí, a ella buscáis por primera vez cuando la maleta cae al suelo. Y se llama, como no, Victoria, que es una señal, para quien la quiera ver, claro. Durante un rato, contempláis lo único que podéis ver del grupo: los rostros y los cuerpos, las ropas, la altura y hasta el color del pelo.

Un hombre se acerca acompañando a su esposa. Aparenta unos sesenta años y es bajito, pero recio como el tronco de un castaño. Tiene algo de barba, aunque el cráneo le brilla por la falta de cabello y porque una nueva mañana ya reluce en su piel. Él ya asistió y sabe cómo acabará esta historia, aunque cada uno la vivirá a su manera. Su sonrisa de complicidad picarona encuentra la sonrisa de Josemaría, a quien se acerca con una expresión de complicidad, sin pronunciar una palabra porque entre ellos ya hay otra comunicación más silenciosa, más profunda, con menos palabras. Ambos se estrechan en un abrazo largo, como si un reencuentro demorado durante más de tres décadas por fin hubiese llegado. Sin dejar de tocar los antebrazos del otro, se retiran para que sus ojos hablen. Los dos han recordado “el abrazo de los cinco segundos”, un pequeño ejercicio de resultados notables que el hombre bajito practicó dos meses atrás, el día que acudió él a su curso, junto a otras personas más jóvenes, mujeres, hombres...“¿Por un curso ese gesto tan cercano?”. Sí, por un curso ese gesto y otros nuevos que aún desconocéis, porque una nueva conciencia fragua nuevas maneras.

De todas maneras, en ese momento, lo único que esperáis es una voz que indique la hora de entrar en el lugar amplio, diáfano y lleno de habitaciones. La maleta es lo único material que entrará con vosotros. Por Dios, aunque lleve ruedas, cómo pesa, ¿verdad? “¿Qué sucederá dentro?”

Todo y nada.

Y en ese momento, agarráis el asa de vuestro equipaje, levantáis la cabeza y os parece que entréis en un laberinto; cosa cierta, pero no es un laberinto, sino el Laberinto Sagrado, porque aunque lo recorreréis en el interior, en realidad, está dentro de vosotros, y si pensáis que es intrincado e imposible, os equivocáis, porque son vuestros miedos quienes tienden cortinas de humo para separaos de algo mucho más sencillo y luminoso.

Una mujer responsable del sitio se acerca hasta Josemaría y él le entrega dos besos antes de que ella le indique que pase al interior, que hace frío y que todos se pueden constipar. En fila camináis pisando el asfalto del aparcamiento y observáis los primeros setos; pero las ruedas de algunas maletas vuelven a sonar, como si otro avión fuera remontando la pista. ¿O sois vosotros quienes levantáis el tren de aterrizaje?

Entonces, la fila se estira y comienza a penetrar dentro del recinto, primero por un pasillo limpio y largo, flanqueado a la izquierda por ventanas sucesivas que llegan hasta el fondo, punto donde hay que torcer a la derecha para descansar en un distribuidor de pasillos y escaleras, y donde hay unas flores al lado de un espejo vertical. También hay una hermosa luz que atraviesa la puerta acristalada que da al jardín de la parte trasera e inunda el vestíbulo con una luz diáfana. Todos os asomáis con curiosidad para descubrir el césped parejo, y resulta que dos personas vienen a unirse: suben para entrar porque esperan desde las ocho y media de la mañana; llegaron la tarde anterior de otras provincias y han dormido esa noche en el mismo lugar para asistir al curso.

Ya estáis dentro. Ya no hay vuelta atrás. Tantas horas pensando en si asistir o dejarlo, tantos días buscando a alguien conocido para hacer el curso juntas, tantas horas con el alma removida por la incertidumbre mordiente, por la ilusión que descubriste en quien te lo recomendó, pero tantas fueron las señales que no pudisteis negárselo al corazón. “Todo llega en la vida”, pensáis. Ahora sólo falta conocer el número de la habitación, que también es otra señal, porque a veces los números no hablan sino que gritan, y queréis conocer a vuestros compañeros.

Antes, Victoria señala que en la planta baja, al fondo y a mano derecha se encuentra la sala donde vais a trabajar a partir de las diez de la mañana. Ahora toca el reparto de las habitaciones dobles. Con las gafas del cerca en la punta de la nariz, siempre a punto de escurrírsele hasta la barbilla -no sería la primera vez-, busca en un papel los emparejamientos. Os ha organizado un poco por lógica y otro poco por intuición. En cuanto a la lógica, pensó en la gente joven, en las mujeres y en los hombres, que siempre son minoría porque ahora, a pesar de que a veces se quejen de que son minoría en este tipo de encuentros, en realidad es que en este momento de la humanidad no les toca a ellos. Sois las mujeres quienes tenéis que dar a luz, porque debéis saber que no sólo parís hijos, sino ideas, y hasta civilizaciones.

Así de grande es la maternidad que lleváis impresa. Y los hombres que vais, no vais con lo masculino, sino con vuestra parte femenina, porque también podéis parir hijos de la luz, que ya traen una nueva conciencia a este mundo. Pero los demás no comprenden esto, porque esto es obra de sembradores y, sobre todo, porque no les toca comprender, pues esperan a que los sembradores acaben con su siembra para que ellos puedan comenzar con su parte de trabajo, en el momento adecuado y el lugar preciso..., en el corazón.

El silencio secreto se rompe otra vez: vuestros comentarios, algún chiste oportuno de quien ha venido a revivir el encuentro, otra vez las dudas de dónde está vuestra habitación, ¿en la planta alta o en el pasillo de enfrente? En fin, el roce de la ropa con los bolsos de equipaje os aleja hasta vuestros aposentos. Todo se percibe áspero, porque la suavidad del amor aún no ha hecho acto de presencia, todo se aprecia callado porque el amor aún no ha hablado.

Poco a poco la gente va encontrando su reino de dos días, con otra persona que le traerá algo.

Así es vuestra llegada, un aparente azar que buscó. Así debe ser toda llegada, algo que se parece demasiado a la salida. Es como el primer y el último paso, siempre son vuestros, es lo único que Dios no os regala. Tenéis que estar solos y solas antes de la siembra para que compartáis, aunque sea un poquito, qué es crear, como hace Él. Y tenéis que cerrar cada círculo para saborear la divinidad que habita dentro de vosotros. Los pasos de en medio los haces cogido de Su mano, disfrutando de la conciencia que contempla la danza que os reúne a ratos, os separa, os conecta, os induce.

Así que recordad, aunque vuestros ojos físicos no vean la perfección de esa danza entre hermanos y enemigos, vuestra alma la intuye y vuestro espíritu la contempla desde otra altura. Pero no penséis que espíritu y alma son diferentes. Os digo que son la misma realidad que se busca: uno, eterno; la otra, sumergida en la estela del tiempo.

Ninguno de los que llegáis viene por azar. Vienes porque cuando el alma le deja paso a lo divino que hay dentro de ti, a Dios sólo le queda una cosa por hacer, convocarte. Convoca al Amor fraccionado en millones de trocitos para Reunirse otra vez, como en el Origen.

Y eso, y no otra cosa es lo que hacéis cuando vais a un encuentro de esta naturaleza, asistir a la Convocatoria, pensando que el curso os interesa por el desarrollo de alguna técnica o que tal vez os reporte un crecimiento. Si al final usáis expresiones como lleno, plenitud, paz o amor, no es por la técnica o la experiencia aprendida, sino porque el Amor no es otra cosa más que Unidad, plenitud y bienaventuranza, y mientras lo contáis eso transmitís, incluso a miles de kilómetros. Así es como también transformáis la humanidad.

Josemaría Garzón.
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